Resistiendo el rigor del insomnio.

Publicado por Lizeth en 4:30

miércoles 2 de septiembre de 2009

Noche II. Miércoles.



Soneto de insomnio a dos manos




Ya se despierta la incómoda ciudad. He declarado que no duermo porque temo soñar, pero resistir al rigor del insomnio no es más que dormir esas otras realidades. Escribir es soñar en la hoja en blanco, tener pesadillas de letras que se sustraen y volver con el grito desesperado y el sudor en la frente a ese ruido confuso que despierta. Hay lucecitas allá afuera; pero cómo evitar la tentación de tener el mundo congelado en una noche. “Es como hacer cine sin cámara”, diría una mano en el teclado. Tengo un olvido resumido porque el tiempo es poroso y, como todo sueño, lleno de saltos al vacío. Hay quienes pintan para re-escribir el mundo, y quienes escribimos para abrir las puertas de la ensoñación. Sin embargo, la imagen es más versátil que la palabra… pero no la imagen que capta ni la que representa, sino la que (re) crea, la que está hecha para usurpar lo tosco, moldear lo bello, robar esos pedazos de nada que retornan en un trazo. Esta noche se ha dicho… esas son las palabras de este laberinto.
Sigue habitando la oscuridad. Resistir el rigor del insomnio es esquivar esos caminos fáciles de derroche de tiempo, obviar el stilnox, destrozar la cabeza para no esquivar el corazón. También se ha dicho que el insomnio es una patología de búsqueda, la soledad elegida que persigue un punto de contacto. En verdad no es el silencio ni la pugna con el ruido. Vaciar lo que no se puede vaciar, declarar el retorno de la magia a cada trazo. Estoy llena de desórdenes, me falta disciplina, un trabajo normal, un salario, una vida bien organizada. Juego a mis tiempos con esas mis mentiras de pasarla muy “al lado del camino”. Voy y vengo, voy y vengo, por una suerte de necesidad de desequilibrios. A vos te gusta eso, también lo has dicho. Pronto me iré a Roma como no entendiendo el camino, como surcando sin querer los trazos que llegan y aceptando que perdí la esperanza férrea de torcer destinos en virtud de los espacios.
Contrario a lo que me esperaba allá a la derecha sigue estando oscuro, las lucecitas siguen brillando, y los ruidos se asoman lejos, muy lejos de la poesía del frío en las persianas, de los rayitos de sol por la terraza, de los fotogramas azules de Via Conteverde. Tú pintas y yo escribo, como una pieza para piano a dos manos. “Soneto del insomnio a dos manos”. No tenemos derecho a estar solos. Azul cobrizo en la ventana. “La soledad es un derecho con posibilidad de arrepentimiento”. Azul luminoso invadiendo los mercados chinos, la casa de los vecinos, la de los olores culinarios en las noches de verano. Un azul expandido por toda Piazza Vittorio. Déjà vu. Allá afuera también se untan de acuarelas. “Las luces oscurecen la madrugada”. Cerrar los ojos para sí. Recuerdos de infancia. Trazos irregulares. Azul esfumado, las lucecitas brillan allá afuera.
Las manos vacilan. De repente son las caminatas de mañana por Via Manzoni, las persecuciones fino a Via del Corso, esa vida triste y linda de libros y cafés de soledades para endulzar, para salar con las lágrimas naturales. Una humareda blanca cubre las lucecitas allá afuera. Esos motores incómodos de la ciudad que despierta, esa marcha de mundo que no para. Respiro. Pienso en la “tolerancia afectuosa”. Disecciono el instante como quien deshace un proyectil. Ayer fue lindo porque había naranja en todo el centro, y en la lejanía mental se esbozaba el contorno de San Giovanni in Laterano. Entonces pensé que las identidades eran un juego de la imaginación y que son más amplias que los contornos difusos de mi mundo personal. Trocar órdenes y lugares puede ser una forma de resistencia… al olvido, al insomnio, a sentirnos enteramente parte de algo.
Otra vez los ruidos que se desplazan, el animismo artificial de cada cosa. Pinceladas de naranja, una luminosidad perdida en la línea de horizonte. Una gran mancha blanca y el vapor del cielo napolitano. Permutar lugares y horarios, saltar palmo a palmo como en los sueños. Restan unas cuantas lucecitas allá afuera, como cuando cae el ocaso y se dispara contra el sol. “Nuestra ametralladora está llena de magias”. Usurpar y devolver es un poco la lógica de la vida. Duele la cabeza, se satura de imágenes veloces, calles, rumbos, fulgores añejos de fotografía sepia. Dos manchones: nubes misteriosas. Ocupan su lugar como viendo los ojos del mundo que se abren, sus pupilas dilatadas y expandidas, el pestañeo pegajoso que agota los días.
“Insomnio a dos manos” y resisto. Cambian las melodías iniciales; el mundo del color también es mío, la tentación de mirar atrás, de detener las letras, despertar. Se escupen frustraciones en la hoja así como se sueña. Se descubren laberintos rosas así como se advierte. Se figuran espejos y caminos así como se lee lo que en el sueño ha de escribirse. Dormir, soñar, el miedo es un revés de esas palabras. Resistir al insomnio, vos también. Vale la pena soltar los verdes en el agua, cargar pinceles, curtir las manos con los brotes de pintura. Vale la pena mandar a volar el stilnox, sacrificar las disciplinas, el absurdo mal medido y no disimulado. Apagar la luz; recorrer el corredor; inducir el mundo, cerrar la puerta sin mirar las manos.

Una palabra: Acuarela
Una frase: Esa literatura personal tan necesaria... al menos para los que tenemos más de un eco rebotando en la cabeza.
Una canción: Nantes - Beirut

Resistiendo el rigor del insomnio.

Publicado por Lizeth en 3:02

martes 1 de septiembre de 2009

Noche I. Martes.




Confieso que no duermo porque temo soñar. Repetir los espejos nocturnos llenos de caminos, mujeres desnudas henchidas al sol, oscuros reflejos de la nostalgia y la identidad fantasmal. Si algo me mantiene inmune a las bondades de la vida es soportar el rigor del insomnio. Mucho han cambiado las circunstancias y este cuerpo desde los primeros despojos de cansancio. De una u otra forma me recuerdo con esos tormentos familiares, el ánimo que es un péndulo, este resistir a las emociones falseadas que nos da la vida cuando nos olvidamos de ella. Soñar también es un recurso, sobre todo cuando me dejaba caer en el colchón para sentir el calor enfermizo y pegajoso del verano y la persiana triste del departamento. Vos estabas lejos y tenía un collar extraviado. Cerrar los ojos era fácil y entrar en los cuartos infinitos apenas deseable. Primero fueron como los abrazos eléctricos después del amor, luego las manchas de sombra por los corredores. Dispares rondaban la cama y a penas si se escuchaban las murmuraciones. Venían por mí y entonces despertaba falsamente. A veces lo veía a él y el collar en la repisa, pero todo se esfumaba tal y como debía serlo… quizás para verle de nuevo y caer en la tentación; quizás para fingir el asomo de sensatez tan costoso luego en las soledades de mi lecho; quizás para decidir luchar abiertamente por algo que igual se iba a ir…

La consecución de sueños fue repetida y común. Primero me inducía el sueño e iba en busca del collar, pero luego fue caer sorprendida con la luz de la mañana sobre la virtualidad de una hoja en blanco. Escribir como versos que se olvidan, y una y otra vez repetirse en las letras. Despertar, por fin despertar y guardar siempre de mirarse las manos. A veces se deformaban y todo volvía a empezar como en otra esfera de lo onírico, como un asomo real de asombro y pavor. La primera vez que desperté falsamente fue esa noche de Lisboa. Siempre había un detalle olvidado: una luz apagada, una llave olvidada, y una sombra al acecho. Ese ente oscuro advertía el peligro y entonces despertaba como escupitajo al mundo, recién parida. Luego fue él y ese capricho extraño de intromisión en mis espacios. Las llamadas a las tres de la mañana después de las ausencias, el miedo a las ventanas, ese pavor oscuro que todavía me eriza la piel. Luego vinieron los sueños lúcidos, los corredores blancos, las puertas con personajes infinitos, los cuchillos. Eso derivó en espirales y aquella enfermedad llamada Rayuela. Cortázar abriendo su chaqueta y la espiral rosa que salía de su pecho; los versos azules, los sueños incendiarios con los mismos personajes. Después el terror que congela el respiro, la tierra en los pies, y no volver a ver al viejo, eso me destrozaba, lo sabés bien. El miedo se volvía lilas en el piso, y ese traje de centinela desde la primera imagen de la infancia, la chica que aguarda tras los árboles descalza.

Entonces el falso despertar venía con el presentimiento de una llegada, la llave en la puerta, y esa imagen Dantesca del descenso. Jugaba un poco con el azar, también. Esos números de calles y avenidas, teléfonos perdidos, fechas, calendarios rotos… de modo que cuando la muerte parecía una persecución el mapa de Roma era la cartografía de los deseos y Villa Matas el mentor de las costumbres. Debo admitir, sin embargo, que soñar ha sido, sobremanera, el arma secreta contra las frustraciones. De una u otra forma las identidades llegaban hacia mí, las respuestas, las descaradas advertencias del dolor. Siempre fue así… vos y vos se me fueron con los sueños. No te nos vayas Travel, en este nuevo orden… Pensar que todo puede ser un complejo de círculos viciosos, que vivo como leo de mil formas un solo libro, sin contar que juego a las identidades mismas, a hallar los dobles y los alfabetos rusos… pensar que soy yo y otra que juega a mí, a mirarse las manos por no dormir y no soñar, y no sentir que se esfuma y se deforma mientras las irracionalidades cambian.

No duermo y soporto el rigor del insomnio sin vino, sin luces encendidas y esas comidas con lágrimas de madrugada. El hambre es un signo de nobleza; recuerdo la dureza del pan, los racionamientos… Recuerdo su imagen que no sueño porque ya no es Travel sino una acuarela desteñida del palpitar de sentimientos. Es Travel en el piso como un rostro de tiza y migajas usurpadas por los pájaros. Los Horacios son distantes, pero válgame dios si debo hablar de estas cosas. Cierro el libro como las puertas de la ensoñación; bienvenida Cecilia.




Una canción: Llorando en el espejo.



Una palabra: Stilnox
Una frase: Vos deseabas salir de tu eterno jardín... yo, de mi tonto fulgor.

Disfrazada de yo...

Publicado por Lizeth en 1:17

miércoles 26 de agosto de 2009



(El video original en http://www.youtube.com/watch?v=B5HOSSPOyQc / Insersión no permitida)

Quizás no esté preparada para mí. Avanzar y volver es como retroceder a un espacio de comodidad vulgar, de reconocimiento enajenado. Estoy aquí donde por mucho tiempo quise estar; retorné al lugar de los anhelos, el corazón de las angustias, y todo es tan vacío y mío, tan bueno a la vez, tan justo y pueril… Me han destapado como cajita musical: me extrajeron la gasa del vientre, el sopor melancólico y pegajoso, y me han dejado el cascarón. Agradable cascarón: resultado parcial. Sigo siendo vísceras, quiero de nuevo y me siento viva… pero no, eso no equivale a vivir… necesito vivir, quiero decir, allá afuera… pero residir en mí, y ese es el riesgo… Yo no soy en este cascarón, ni siquiera me habito más que en la poca de ganas y de ingenio… “Es hora de volver a mí” y, sin embargo, están las adicciones a “sentirse bien”, “sentirse importante”, “sentirse productiva”, no hacer un carajo con la vida… Al menos no me delego a un tiempo y unos oficios, pero tampoco tiento a adivinar lo que quiero… Hace mucho no escribo, hace mucho no salgo sola a caminar, hace mucho no me pierdo para sí y sí que me pierdo en todo esto… Sé que depende de mí y en parte de las circunstancias, pero soy lo más parecido a un parásito…

Tanto impulso vital para esconderme detrás de los espejos, no dormir, no soñar, temer de lo real, de todas ellas olvidadas que no vuelven ni reclaman porque no hace falta, no es bueno encontrar un brazo descubierto, un chico que se muere, una muñeca desnuda en medio de un taburete. Soy más Talita que antes pero no me nombro. Necesito escuchar mi voz afirmándome, diciendo que estoy más allá de él y él y los reflejos de él, y ella misma que es recuerdo poroso. Soy Talita engrasando un pato como si fuese el mejor oficio, como si desgarrarle la mirada benigna de sus ojos no fuera bizarro… esas domesticidades señora… ya le digo…

Ni siquiera soy Lizeth… no sé lo que es volver porque no he vuelto. Tampoco estoy allá, no me quedé en el lugar de las soledades y ebriedades, las comidas de madrugada, el vacío en el estómago, los gritos y sollozos junto a ese arrancarse los cabellos… las vistas al espejo escupiéndote a la cara: vos, sos vos idiota… Estoy tan sólo cuando tú estás a mi lado. Soy mujer y ser vital, y se me estalla el vientre con tu presencia… pero en lo demás soy lejana y frívola, esa distancia medida con mi padre, tanta felicidad y sonrisas, ese no anhelar saber de los queridos amigos… Al diavolo, sì, al diavolo! Encontré una fotografía de mí en pedacitos, y busco reordenar un rostro añejo atemperado por los años… Hoy leí letras de otros tiempos y me siento con la vacilación en el alma, el sosiego de tu buen amor que me cura y que me calma, la voz de mamá que ya no recuerdo y que perdí en las confusas luces de este mundo tenue que aprendí a habitar.

Se extinguieron para mí los contornos difusos, la visión mal acomodada de las cosas, porque de nada vale un mundo personal cuando está abandonado. Después de todo eso ver es reconocer el mundo, dibujar y precisar rostros donde otrora palpaba identidades, confundía todo, imaginaba… porque la imaginación siempre ha sido mi potente arma contra la hostilidad del desespero. Imaginar, señora, es mejor que ver; es sentarse a la mesa a degustar el pato cuando no hay nada en el frigorífero, y los bolsillos están rotos y el pato es agrio y salado porque está bañado en lágrimas… Entonces uno cree que hay cosas buenas para sí y bendice el hambre porque es el mejor signo de sentirse viva, de saberse humana… y bendice la sed porque el agua es un consuelo dulce que albergó en el frío que cuece el alma… Y bendice la ausencia porque los recuerdos le llenan el estómago y una se hace digna en la futilidad odiosa de lo contingente.

Quizás sea suficiente conmigo, basta de experimentar.

Y punto...

Publicado por Lizeth en 13:56

lunes 18 de mayo de 2009

A Alf Opert

...

Existían en el mundo dos puntos aparte. Decidieron un buen día poner un punto seguido como punto de partida que les valió como una larga lista de puntos suspensivos. El primero de ellos había mostrado gran admiración hacia el otro punto, que no tenía más que interrogantes ante éste. Era natural, pues el segundo punto apenas lograba recuperarse del estado de coma, estado que habría querido poner como un simple paréntesis en su vida. Aquél punto vivía terriblemente afligido y habitualmente tildaba todo de hostil, pues a decir verdad era bastante puntillozo. Este punto sólo pensaba en poner punto final a todo, pues creía que su vida estaba llena de acentos dia-críticos. Sin embargo, el otro punto llegó para dejar el estado entre comillas. Comenzó puntualmente por enseñarle que su guión mayor no era estar en coma, pues su cadena de puntos suspensivos los hacía dos puntos a la espera de algo, y no un simple punto y coma, puente entre lo conocido. Sus puntos de vista los avocaban a la suspensión de lo incierto, y en eso no hay punto de discución, aunque ese es otro punto. El punto comenzó a buscar entre ellos sus puntos de fusión, pese a que, hasta aquél punto, la sola fusión lo llevaba al punto de ebullición. El segundo punto vivía admirado con el primero, aunque aumentaba sus interrogantes proporcionalmente. Quería interpretar todos sus signos de puntuación, esa larga sucesión de puntos que era su vida, ese palpitar de su corazón en clave morse por aquél otro punto lejano que la había dejado en un punto crítico. El primer punto siempre fue amoroso y habría querido que el punto que se creía en coma se atreviese a rodar a su lado, ya no como dos puntos aparte, sino puntos suspensivos dentro de su paréntesis. El punto que se creía coma no podía negar que aquél punto le había dado las reglas y claves de su felicidad y, en ese sentido, había marcado muchos puntos. Pero no podía dejar de pensar en el punto lejano, a quien amaba con puntual afecto y de quien sabía y creía, todavía la pensaba en algún punto del planeta. Eso al primer punto no le importó, así que siguió regalándole al segundo punto todas sus admiraciones y una larga lista de cosas del mundo separadas por comas. Le obsequió sus acentos más rítmicos y agudos, eliminó las palabras graves y le dejó algunos versos entre comillas. Ofrendó palíndromos, le dijo Ese yo soy Ese, a lo que el primer punto respondió con oximorones propios de su ambigüedad. Somos o no somos, dijo el punto yendo y viniendo. El punto le dio entonces sus puntos en común y le dijo que entre ellos no podrían haber puntos de discordia, pues “podemos tener desencuentros pero nunca heridas en el alma”, siendo ese uno de sus puntos de encuentro. Aún así al punto que se creía en estado de coma le gustaba ponerle los puntos sobre las íes al otro punto, especialmente cuando el otro punto cuestionaba sus puntos de fuga. No podía ser un punto fijo, le gustaba huir, colarse detrás de los espacios, además de ser bastante inestable. Un día podía ser un punto diacrítico y al otro un punto aparte. A veces podía ser un punto seguido y hacer una recta con otros puntos, pero su propósito no era lo suficientemente duradero, aunque siempre fuera un punto de referencia. Su caracter futil hacía que muchas veces hubiese estado a punto de perderlo todo, rozando el borde del punto de quiebre. Sin embargo el otro punto siempre estaba ahí, puntual y a veces silencioso. Como ahora, que desde hace días no pronuncia una sílaba, como si fuese una h, de esas que son mudas. El punto que se creía en estado de coma -se creía, porque en verdad ignoraba que estaba a punto- busca su punto de contacto, pues aquél es como su punto de equilibrio, por ello vive admirada con él y ese es un punto crucial. Sabe que está en algún punto del mundo, así que, como en el punto de partida, le dice punto, punto Y PUNTO.

Zil Noel

Publicado por Lizeth en 13:50


Y para qué alimentar los verdes del destino inexorable que juega a otros y a nosotros, sin saber (te), sin presentirte como sombra y como sueño. Vamos, parte a lado y lado la baraja del camino, prometí no ser vidente para ceder al juego a duermevela, esos simulacros nocturnos de astros y espadas. Me hablaste del 11 y de las velas y sus sombras, el alfabeto ruso que descifras al espejo. Y es como si yo siguiera esperando y destapando la partida, palmo a palmo, confundida... sos vos, ésta vez sos vos, y no él y los otros. Inexorablemente Hélène, inadjetivable, lejana y frívola. Los ordenes son tan imprecisos en el ritual de llegadas y partidas, de llantos y murmuraciones, de dobleces, como yo, como ella, como todos... acciones para sí, sujetos invertidos, narcisos confundidos con total indiferencia. Ven, siéntate a mi lado... dame tu brazo y tu rostro perfilado. A la derecha está la carta final ¿són acaso tus manos las que transmutan la rueda del destino? ¿Son esas tus manos vivas y de seda las que queman el aire de mi ausencia, descubren el revés de la realidad, los bastos y espadas en todos los costados? Cómo aprender a construir las llaves de ese muro inquebrantable, eso que por suerte nos encuentra allí donde más nos separa, y el no poder querer, no querer poder, y tener que ser Hélène fantasma de silencios, basilisco erizado en el pecho, el gusto a silex en el beso. Quién cubrirá esta desnudez, quién me abrirá el vientre, extraerá palabras, quien me llevará contra su pecho, con un cordel amarillo atado, por entre los tranvías, sólo para que me veas y quizás me intuyas, y pensés que soy tu ofrenda para mí, una suerte de recurso tardío de tus sacrificios pasados. No te odio, sabés que no te odio... Pero no soy yo la que escoje los sentidos, las escaleras rotas que plantó tu mano izquierda, una sobre otra traslapadas las letras de tu nombre... Yo no tengo por qué vengarme de tí Juan.

Publicado por Lizeth en 19:41

viernes 17 de abril de 2009




“¡Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor!”


Era Talita la ama de esos dos mundos y Traveler una no paradoja de su nombre. La verdadera historia consistía en amarse y dejarse; abrir los ojos a esas sus bocas cercanas, las cabezas confundidas y el lazo maternal que allá en la zona no se deshacía, sino que se edificaba “por no dolernos demasiado”. Descubría con ánimo curioso la lógica de éste, su cadáver exquisito. Era necesario doblegar la realidad, entender que la espiral extendida de su pecho se dibujaba para sí, para perderse como en los juegos infantiles, en que palpaba las mismas cosas, los mismos ordenes ahora invertidos. Era Horacio -con el aire benigno de sus ojos-, el que se enfrentaba al silencio de sus noches, ya no bajo la vieja costumbre de habitar, y dibujar con briznas los aros de un lenguaje más complejo. Cuántos habrían querido contemplarle en la ventana, deshaciendo figuras, escribiendo a duermevela por unos ojos cerrados y otros bien abiertos desde las entrañas de su olvido. Sin embargo callaba, porque la Maga, porque yo... no, no era yo, y aún así seguía presintiendo cada paso, cada rastrojo en el suelo, cada identidad confundida desde lo alto de la torre, el jardín de piolinsitos que guardaba en los bolsillos. Traveler huía y entonces todo volvía a recomenzar, bajo otras esferas, con la transmutación incómoda y extraña de nuestros personajes. Pero suponiendo que eran éstas las significaciones adecuadas, porque la intuición y la realidad así nos lo gritaba en la cara, sabía que ellos no volverían a ser, que quizás no volverían a existir bajo el plano común de realidades, y que entonces era yo la zombie de aquél que antes fue sólo un poroso recuerdo o a lo sumo evocación de sus besos y su nombre. Tampoco seríamos nosotros, porque toda perturbación fue antes de Horacio, y todo abandono después de Talita. Faltaría el encuentro de sus felicidades para que habitador y zombie no fueran más que corazones desdichados de historias hechas para permutar... sí, justo eso, Modelos para armar. Sólo había algo certero en todo esto, un hilito de lógica en los piolincitos de musarañas del cuarto de sus despedidas. Era Horacio el que siempre huía, perseguía y huía sin sentido. Pero Traveler podía ser Horacio...ahh, esas identidades. Vos huís, Traveler, como creyendo y no queriendo, como exprimiendo las gotas del tiempo perdido que se revuelca en un cajón con una nota y un libro alterado. Vos nombrás la Rayuela y yo me cuelo por las humedades de tus recuerdos. “La vida es un ensayo de la vida”, no busqués más las palabras ya nombradas desde tu boca, desde tu aire, desde el otro lado de la ventana sin esperar que él esté mendigándole a la noche la falsa ensoñación. Yo no estaba ahí en tu cama, ni en la zona. Era yo desde la oscuridad de su silencio, yendo por un vaso de agua, un vaso de leche, o de licor de nuez. Manú, vos no buscás. Presentís a Horacio por entre la noche espesa. Vos sabés -y es la mejor parte- que no soy yo la Maga. Vos y vos lo saben bien... Soy yo, soy él. Somos, pero soy yo, primeramente soy yo, defenderé ser yo hasta que no pueda más. ¿Y vos? ¿Y vos? No había más confusiones, al menos no en esos sentidos. Habría que perseguir la lógica y el sentido, configurar las cifras de nuestros desencuentros para no volvernos a hallar, y que aquellos que huyen vengan, que escapen de toda evasión. Atalia, soy yo. Ego. Yo. Diplomada, argentina, una uña encarnada, bonita de a ratos, grandes ojos oscuros, yo. Atalia Donosi, yo. Yo. Yo-yo, carretel y piolincito. Cómico. Poco hemos hablado de ella, porque es difícil aliarse con el cuerpo de su sombra, con la realidad de la que una es maniquíe, evocación vaporosa y elusiva que sólo cabe para sí. Volvemos a la inmovilidad de las incertidumbres. Tanta bondad para tan pocas manos. Y el aire benigno de sus ojos... ¿Por qué dormís tan mal, Horacio?


Talita

Epístola I - Septiembre 13 de 2008

Publicado por Lizeth en 19:34

Roma es gris. Los matices del inicio del otoño se dibujan en los ventanales. Hay búsquedas profundas que nunca terminan, lo importante es no tener afan de ello. Cada oscuridad y cada luz es una meta, sin más premios que el sentirse vivo, al menos mientras la muerte es algo más que un sentimiento. Todo mejora aunque el estómago esté vacío. Hay cosas que quisiera contarte presencialmente, al menos en esencia, por eso no las refiero en este escrito. Pero no es el hambre ni el dinero lo que agobia, sino la paz del alma, que es un alma incompleta. Hay quienes por cuestiones del destino nos legamos a algo más alla de nosotros, y es como una pelotita saltarina que viene y rebota y no tiene control más que en nuestras manos. Pero la pelotita no es nada sin su movimiento enajenado, aunque corra el riesgo de perderse, de romper los cristales... la felicidad está en su movimiento. Una no puede pretender apresar las personas y las cosas como un tesoro demasiado codiciado porque pierden su valor, porque se hace artificial lo que debería ser evidente. Más vale optar por la sensillez liberadora que nos va guiando el camino sin dubitar.
Sueño mucho... y resulta curioso, porque cada sueño me dibuja una realidad. En ellos hay ausentes notables, apologías, presencias específicas; y nada tan profundamente elaborado debe ser escueto. El agua me tocaba los pies, en abundancia, todo perecía ante ella, una enorme distancia de agua separaba nuestras voces y letras. Y yo ese día tuve la oportunidad de cambiar las cosas, pero no te evoqué, no las cambié respecto a tí. Y quizás no deba cambiarlas... Dios sabrá lo que debiera! En mis sueños estás o no estás y eso se vuelve definitivo. Pero en mis realidades vas y vienes, y yo te busco, apelando a guías, a los reflejos del agua, las voces de las hadas. Quizás sea preciso eso, que yo te busque, para que no nos hallemos el uno al otro estáticos, sino presos de un devenir esencial. Pero también se me antoja detener el juego del movimiento y quedarme frente a tí en silencio, sólo contemplando las formas del amor. Recorro el río en busca de reflejos, y la fontana, y Via del Corso, y el Colosseo, y Trilussa, y todo me sabe a tí aunque todo es recuerdo añejo.
Anhelo profundamente volver a llenar de sentido esos lugares comunes con tu presencia que es la única que vale. Ahora siempre que pienso en tí te veo en sueños, pero no los míos sino los tuyos. Y me aproximo pequeña a ese barco que zarpó a un lugar que no es el mío. Y yo te abrazo, y te pido que no te vayas, que no te alejes sin antes conocerme. Y eso es cada día, como la primera vez. Una súplica que promete siempre un nuevo encuentro, un volver a empezar. Pero primero hace falta aprender a perderte, sólo para que cobre sentido el no te vayas. En nombre del amor valdría que te encontrara, pero vale más que te encuentres tú, aunque no lo necesites ni haga falta. Una también se puede perder en los contornos innecesarios: contemplar desde la ventana por muchas horas la hormiga que pasea por los débiles troncos de las plantas del balcón. Y lo hace igual, al menos durante la contemplación silenciosa. Y las hojas tiemblan, tiritan cuando pasa un viento helado, y adquieren la inmutabilidad de una gárgola cuando éste no pasa sino las acaricia. Cerrar los ojos y dejarse llevar por los sonidos de la calle, músicas planeadas y no. O quizás interesarse en los olores, o seguir a cualquiera, para encontrar algo más que historias propias. O, por qué no, perderse en el río, mientras todos pasan, mientras nadie tienta su mirada al agua. Una/o puede asumir esas tareas como algo precedente y autómata, o como una consecuencia de estar profundamente tocado por un sentimiento. La segunda le da total sentido a la experiencia, se vuelve algo casi estético, sublime, sexual. No es vulgar pasatiempo, sino justo suceso.
Las cosas van bien, bastante bien, bastante mejor... pero pienso, pienso en tí, y pensar es malo. Dicen: "el que piensa pierde", quizás sea cierto. Tengo opciones varias, seguir llenando de letras esto... y no, no quiero, se vuelve vacuo. El silencio, magari. Pero no un silencio per sé. Entonces sólo amar, y volverse tan liviana como el viento que te toca, como la sutil humorada de las hadas. Yo estaré allí, con el hilo de Ariadna, Penélope que teje y desteje el regreso de su Ulises, detrás de un árbol, en cualquier sueño, en cualquier vida.
Lil

Para no leer...

Publicado por Lizeth en 18:15

Nota del archivo virtual del 07 de marzo de 2009
Mi padre me ha preguntado hoy si estaba triste. La respuesta pretendía un asomo de sorpresa, pues últimamente parece ser una rotunda negación. Supongo entonces que la nostalgia no se escapa a la felicidad... Una buena dosis de tranquilidad y ruido citadino aseguran un poco de salud mental... y bueno, quizás otras cosas. Sin embargo, el pilar de los aprendizajes de la vida parece escaparse y resquebrajarse... y no puedo evitar sentir el gusanito del tímido miedo. Por lo demás, extraño el amor y pareciera que quiero llorar por primera vez en mucho tiempo... o al menos por esto. Talita revela una existencia que ya no tiene razón de ser. Hélène ha quedado suspendida, de nuevo sola y vampira, escondida tras los anillos de humo de Moebius. Lil recuperó la lila de la 425, pero no puede evitar sentirse ciertamente abandonada. Liz pensó hoy en su hermano, diferente y nada raro... planea visitar su lápida en unos días... ¿para qué? No sé.. es probable que esta noche sueñe con él. Zil espera... duda... pierde nortes, centros, distopías... Y entonces todo es como un caos extraño, como una gran bola de vacío en el estómago, aunque no se quiera, aunque todo sea tranquilidad, importaculismo, felicidad auténtica... pero y la descepción y la nostalgia... sobre todo lo segundo, que es humano demasiado humano. La descepción es sólo un sentimiento cotidiano y pueril... generalmente se presenta cuando la mente no aprende de sus limitaciones para figurar las realidades, cuando decide con obstinación férrera basar sus figuraciones en sentimientos... no, no ha aprendido aún que deben permanecer separadas a modo de no hacerse daño, y terminar sollozando por cotidianidades, como si fuese una infante. Sí... tengo miedo... porque me reconozco en mis espacios antiguos y entonces todo se sucede como la película de otros tiempos, que me llevó a los espacios de la huida, cuando me arrancaba los cabellos, y me miraba en el espejo llorando, sabiendo que no era yo sino ella, y las ausencias que se transformaban en una patología más común. Tengo miedo y se concentra en un nudo en la garganta... porque no, no quiero perder... quiero decir, perder esto... esos hilos resquebrajados que tejí para seguir suspendida, no luchando más con el fondo y la oscuridad, sino el Ícaro de sueño que ignoro con las cuerdas... ¿La emotividad me ha acercado a la candela? ¿Derritió tus alas, quemó el blanco y fino nudo de tus reconstrucciones en el aire? Ya puedo mirar a la ventana sin miedos ni esperanzas... he aprendido al menos que no vale la pena ahondar en las visiones, para que él saliera como prometía con esa voz burlona alotro lado del auricular. Sí, he aprendido que ya no vale esperar más... y ya no espero.... pero no entiendo a qué viene todo esto. Probablemente una forma de decir con el silencio, de decir lo que no se quiere, de ocultar lo verdaderamente dicho. Es a tí, lo sabés... es a tí y a tí... a ambos y ambas... son como dos espejos que se encuentran y se miran, y no son los mismos, y se hacen muecas los unos a los otros... y se giran y se olvidan... Y una en la puta vida ha de confiar... aunque quede la descepción y la nostalgia... soy tan cotidiana y humana... tengo miedo de no poder y siempre puedo... quizás sea miedo de no querer, de querer no querer más... y paf se acabó... Es para mí... para callarlo mientras dure... para probarme otro poco, como siempre... para llorarme de paso, haciendo de las lágrimas un pretexto de las palabras y viceversa... Es para mí... finalmente... así que lo demás será sólo un descuido...

Publicado por Lizeth en 17:57






La incidiosa manía de llover le aseguraba caminos en La Ciudad ausente de ellos. Como nada conduce a ella -quiero decir, a La Ciudad, y bueno, también a ella-, daba lo mismo lanzar una aguja el agua y contradecir el sentido que marcaba. La última lluvia parecida, y sobre todo la última ventana, ella había sido un cuerpo (no) deseado en una cama ajena; había sido oscuridad a gritos, balbuseos desesperados de manos y cabello, ahogos de corredor a oscuras, y caídas, y amarillas vecindades, y un manojo de confundidas letras negras con borbotones de tinta robada por no decir que quería su boca buscando esa otra boca; que dsfrutaba de los verdes destinados a otros verdes, y que el trago era bueno, y la comida un fracaso. Había comenzado enfilando las ideas porque los cristales húmedos me causan pesadumbre. Si hubiese estado destinada a revelar el 18 a tiempo -cuando aún era su tiempo-, habría abierto los ojos a duermevela para cuestionar, ya no con su cabeza y el recuerdo, sino con sus sentidos doblegados y dispares, el centro mismo de toda casualidad, ese vórtice del que hacía parte, ese movimiento aparente que apenas lograba controlar; la luminosidad que encontraba en el mundo, contenida en él... Habría indagado por las nimias incidencias bajo el sopor alcohólico, y los verdes y las velas, a modo de no destinar la lluvia a los cristales de su ventana, sus anhelos a sus anhelos, y cada salto al juego que le es propio. No habría mojado su cabeza pensando en el suicidio de las gotas, el cielo que se quebranta a borbotones, y el frío que cala de a poco en un colchón mal acomodado o una silla de terapia. Ese encanto ritual de toda humedad flanqueada, cuando las manos, y las bocas y los besos eran de madrugada en una vieja callejuela como jurando a sí misma no volver a estar. Burlar la propia voluntad, pero sobretodo la propia convicción, y que sea ella en esa calle, con esa gente, a esa hora y esos zapatos, y la incomprensión de esos otros ojos, y esas otras huídas; las mismas sombras para las mismas velas verdes.
Tengo un olvido repetido. Mermó la lluvia porque todo escupir palabras es un canto para sí. Por eso es común que se llueva por dentro y los ojos sean un crepúsculo gastado. Cuántas humedades bendecidas en las calles de sus años y su infancia. Cada cosa le sabía diferente, incluída la manía de soñar. Dormitar se traducía en pura humanidad e instinto, cuando antes coincidía con el reino del querer y del horror, el calidoscopio de sus miedos y reveses de ausencia, la zona donde un brazo ensangrentado era Juan, y ellos dos sus dilemas y amalgamas, y la espiral rosa del Sr. C un libro con sus versos irreales. La soledad amaina todo propósito porque una se resulta poco interesante para sí, de modo que descubrirse es usurpar historias, confundir ciudades, parpadear luces y que todo eso sea tu cadáver exquisito, la seducción en ausencia de silencios, cuando bien sabemos que el deseo no requiere de palabras. Podía ver manotazos de voluntad, su boca cerrando besos que se buscan, su cabeza enajenada y siempre contraria, y el pecho contra sí evocando la zona y la mano que le arranca el corazón. Por entonces sus sentidos eran un péndulo gobernado de palabras dirigidas con propiedad y ausencia por él que no era habitador. Le costaba reconocerse como engendro de una de ellas, desnuda y con el vientre abierto al sol.
Paulatinamente regresas vos y mi voz, y las muñecas rusas que soy en la zona. De repente ya no eran los caminos del Amor, ni las letras como siglas -y siglos-, sino la mandala de impresiciones cada vez más claras y nocturnas, cada vez más ausentes, edificadas para el reino de tu olvido. Cuando el sonido insidioso de esas otras letras le abrieron los ojos, sin desprenderla aún de la suspensión de sus reveces, se palpó extraña, como devorada desde sí. Sus imágenes habian dejado de ser lúcidas, para convertirse en las escenas veladas de sus hábitos antiguos. Se había sentido fauno y presa suspendida en el vacío desde lo alto de la torre, pero seguía pateando tachos de basura y tropezando entre perdidas sombras, gotas de nada, sensaciones de algodón de azúcar. En cuanto figurita de papel se desechaba, se rompía en pedacitos de abandono y desidia. Estaba aquí muy a pesar de ella y esos mismos sueños. ¿Doblegaba la realidad? ¿Burlaba la ficción? ¿Era su vida esta vida, la bestia la había perdonado? Cada paso era un nuevo devenir, una salida que circunda, una puerta cerrada y siempre abierta. Más allá, más profundo, más hacia el fondo... hasta detener el movimiento, hasta que tu cara sea la cara que persigo y busco en todas las caras del mundo. Hasta que el olvido poroso y elusivo deje de ser mi sombra, y sea yo en el Aleph viendo tu rostro que ve mi rostro como girando entre letras luminosas.

¿A dónde van los años?

Publicado por Lizeth en 17:47

Lo pensó dos veces y se marchó
con una frutilla su corazón,
Siempre el mismo rollo con los parientes.
Me dejó unos discos en el Placard,
un reloj de plata y un samurai,
todo detallado en un expediente.
Y allí va, parte del aire...
Y allí va, en libertad...
(Parte del Aire- Fito Páez)
Hace mucho que jugamos sombras y ausencias por entre los jardines suplicantes y los caminos sin regreso. Seguimos corriendo por entre puentes y enanos, allí donde descorrías pasos y enfilabas con silencio el nombre más sentido del amor. Y yo sé ahora que estos años han valido como forma de sublevar nuestras palabras e historias personales. Y yo sé ahora que aprendimos a conjugar el afecto de un modo tímido y sosegado. Sé de eso tanto como desconozco de tí en medio de este habitar confuso y alegre de mis impresiones. Aquél ser que interpreto se perpetua y retrotrae... cambia. Tal vez sea necesario descifrar las inscripciones ocultas en las paredes para blanquear los muros y su historia, y que quedemos nosotros por encima de aquellas pantomimas que estorban, las frustraciones y los anhelos fatuos. Sin embargo, aprendí a no lamentarme más. Aprendí a no seguir recorriendo los caminos de tu estela de ausencia. Porque no eres fantasma, sino sangre revervarada en virtud de leyes y utopías que no entiendo. Sigues siendo tú, acertijo filoso que trocaba escalones por huídas, figurita en la ventana entre vapor y anhelo, paso torpe y quebrantado de senderos fijos y rumbos inciertos. Quizás baste ahora decirte que te quiero en medio de las redes de sangre involuntarias y causales, dentro de este vientre hungido y negado, en medio de este candor y la luz añeja de los ojos cerrados, los primeros recuerdos, la expulsión otrora lejana del Edén de sus feminidades. Ahora sabes que te quiero y yo sé que me quieres. Baste sentir las sinuosas extensiones tras mi paso, los cantos nocturnos de nodrizas funerarias, el corazón henchido por tus identidades y formas de habitar. Sé también que ninguna razón y palabra será suficiente, como ningún olvido equiparable al afecto. Eres tú y ese otro tú, y yo sé bien que la vida no te quita sin dar, no te dá sin partir, no huye sin ser luz que permanece por entre las confundidas aguas de aquél que se aleja. Sé que en tu nombre haz traído lo más bello para este corazón roido: la dicha de amar en tí, para que no seas más nombre callado, y yo soberbia y orgullo de las cosas de la vida. No hay tristeza más hermosa que llover desde estos ojos, porque no dibuja adioses ni arrepentimientos, sino el modo más justo y profundo de ser verbo, desde la primera persona del singular, hasta las reflexiones de tu ser y sentir. Una nueva orbe de existencia, y tan cerca tu nacer hacia otro mundo. Anticipaste este equilibrio en cuerda floja, esta vida medida en sentidos y rumbos hacia el Sur. Te instalaste con la sutileza de tus gestos en los confines de mi alma infantil, y sigues palpitando, feliz y vital, entre los hilos invisibles de mis afecciones puras. Te buscaré al otro lado de la espera, y todo será como la fragilidad que se deshoja, el café de nuestros desencuentros, la silla vacía del Parque Nacional, los poemas en el año de Neruda, el Madrigal perdido en estos dedos, los cantos que urdíamos en aquellas entradas familiares, los tesoros ocultos y los mapas de nuestras tardes de juegos infantiles, las huídas de mamá, el viejo fotograma de disfraces en que tú y yo nos tomábamos de la mano, Victor Jara y los pasos en tu boca: “Nada. Todo es Nada en esta vida. Somos dueños de la Nada”. Sólo quiero la palabra justa que perfila el espacio detenido de tus instantes, para que no haya puñal, ni adiós, ni confusión sentida en los brazos heridos. Que vengan las dulces centinelas nocturnas para que estés ante mí, con este abrazo que guardo desde tu bocanada final en mi cara, como un saludo que dibuja el resto de estas dos eternidades.
Gracias por curarme.



Buen cumpleaños hermano.




Liz




Modelo para armar

Publicado por Lizeth en 16:29




Dejó correr el rumor callejero, con los recibos de sonido y las tortillas putrefactas. Melancólicas sombras para la inasible tonada, que dibuja huellas sucias y choques pegajosos. Desde las ventanas de los ferroviarios, los afanes se suicidaban como gotas por comer. Una es como una figura de cartón, pequeña y dorada. Mejor me aliviano con un poco de queso, mirando el gato que persigue sus pestañas. El segundero reflejado en las gafas, mientras todo es un hallarse perseguida por entre signos rotos, angustias vitales, fotogramas marchitos. Ya no te morías por volver, como la canción. Las uñas anacrónicas, la frente gastada, cociendo la tarde que pasó. Esmalte curtido en el cuarto de baño, entre delirios de labavo y revueltos públicos. Los pies llenos de angustias y un aire allá en el fondo, caricias ajenas y carmesí para los otros. Turbulencias y paredes deshauciadas para el desorden de gasa en la digestión de los recuerdos -porque los recuerdos residen en el estómago, al igual que las emociones-. Una llamada embotellada, como esperando una soda. La cabeza conectada en los verdes y la pluma, carros que se lanzan inmolados en la vía, una puerta en el costado que se inclina a las vibraciones estruendosas de mis cielos. Un gran manojo de acuarelas surcen los rayos del cristal desteñido. Otrora dibujaría propósitos y letras, sensuales abandonos, familiares desencuentros. Los zapatos en el tacho de basura, para que las insidiosas penas se cuezan en aceite y perturben el estómago. El magnetismo pulsante de las cuerdas, el contrabajo en un nirvana musical. Pellizcos de su boca, vecinos martillando, nimiedades como esas tan comunes en una noche húmeda y sin perros.
Sí... dejó correr el rumor putrefacto, tortillas callejeras, melancólicos recibos. El sonido de los ferroviarios dibujaba sombras pegajosas, y los afanes melancólicos se surcían en la ventana. Gotas sucias chocaban con el cartón, mientras las figuritas con forma de gato comían un poco de queso. Se había declarado la carrera contra el tiempo, el segundero perseguía los signos vitales. Con la frente marchita -como la canción-, y fotogramas anacrónicos a la espera de recuerdos. El carmesí curtido en las uñas gastadas, mientras los pies se batían en estruendoso delirio por los baños públicos. Se pasó cociendo y deshauciando las angustias en el fondo ajenas. Las insidiosas nimiedades de los otros, gasa en las paredes del estómago. Una soda embotellada que se inclina, y deja por su paso un revuelto inmolado de estruendosas vibraciones. Acuarelas olvidadas en el tacho de basura, y todo lo demás como un desorden de zapatos, aceite y una pluma. Se inmolaba con el balanceo en esa cuerda frágil que eran las penas en su cabeza -porque las penas residen en la cabeza, al igual que las emociones-. Llovía, afuera llovía, y los rayos se despeñaban en un nirvana musical. La puerta yacía húmeda y sin perros, mientras la gotas caían como pellizcos en el suelo, contrabajos martillados. Los vecinos y sus carros rozaban el costado, de modo que en la vía sólo estaba ella y sus verdes desencuentros. Tenía un abandono familiar que le perturbaba la boca, y un aire sensual en las caricias desteñidas.
¿Dejar correr el aire callejero, el sonido putrefacto, los acuse de recibo? Lo pensaba mientras cocinaba en aceite la toritilla que siempre comía con un poco de queso. Las nimiedades culinarias se le colaban insidiosas en la cabeza. Cómo evitar ser estómago y penas, vitales angustias para recuerdos y olvidos. Lo mejor sería tomar esa soda pegajosa, y dejar que las gotas melancólicas se le derramaran en la boca -porque la melancolía reside en la boca, al igual que las emociones-. Miraba sus uñas con el esmalte curtido y desteñido, como el verde de las paredes de los baños públicos. Vivía embotellada en un nirvana musical, inclinándose siempre al tacho de basura. Podría salir a la ventana e inmolarse, pero su cabeza vivía entre sombras y afanes sucios, que chocaban como el segundero cuando pellizca el tiempo. Tenía un gato que jugaba con figuritas anacrónicas, fotogramas de ferroviarios, signos marchitos. Apenas cruzó esa puerta, evadió los vecinos y prefirió caminar por la vía. Los carros le rozaban el costado, pero ella segía frágil en medio de la estruendosa lluvia. Las gotas le rodaban por el rostro, que estaba tan húmedo como su cabeza. Sus zapatos martillaban el piso como rayos, como el pellizco en el estómago de un contrabajo. Un sensual abandono -como la canción- vibraba en los cristales, y un magnetismo familiar la despeñaba. Ya era de noche... lo mejor sería regresar a tomar la pluma, las acuarelas, y dibujar propósitos y letras desde su casa sin perros. Pero podría asi evitar los delirios, la gasa mal acomodada, los caricias en los pies, el carmesí a la espera de los otros.

Publicado por Lizeth en 8:38

sábado 24 de enero de 2009

Y allá en ese otro lugar sabía que existía como voz y voluntad...
De nuevo bajo el mismo punto, disponía la artillería para resistir a la ausencia. La presentía con el cierre lento de la puerta, y el pavimento mojado sin lluvia desde el cielo. La presunción de que fuese un sueño era apenas natural. Eran muchas las veces que se engañaba creyendo abrir los ojos, descorrer el velo, para luego comprobar con el ruido de las cerraduras o el recuerdo de las manos, que residía aún en la zona. Su imagen, que podía variar sin sospechas, era el incubo que, por entonces, le hacía preferir las noches a duermevela. Como fuere, las vías se agolpaban en una sinsalida: resistirse a la ausencia con la duda somnolienta en los párpados; o caer en ella con una sutil comprobación de sus realidades y al mismo tiempo un alejamiento de esa que parecía figurarse su certeza momentánea. En ambos casos, su confundida consciencia se disociaba. Ausentarse era saberse presa de un extraño sueño que apenas podía controlar, quizás porque el despertar era el reverso de la realidad, y esto que ahora era un grito desesperado, un manotazo de auxilio, un balbuceo de su verdadero nombre, no era más que el anuncio de entrada a esa otra emergencia, una metazona con espirales increíblemente lógicas, invensibles, sutiles, pese a que las paradojas se le burlaban en la cara. Las señales nocturnas eran siempre las mismas: un frío pausado, el paso firme y apurado, el pavimento húmedo y la entrada del hotel. Aunque sin ser unívocas, eran comunes, pese a que los episodios de grandes letargos le eran más frecuentes que de costumbre. Parecía ser un tema de hombres porque sólo se ausentaba en su presencia. La última vez que estaba bien presente, uno le dijo que horadara en sus imprecisiones. Y podía hacerlo como tantas otras veces, pensó. Por más que mi nombre y mi voz fueran una pequeña hilacha en el no lugar, acaso el centro de la gran pelota luminosa, podía intentar una vez más recomponer el tejido, evitar que el hilo siguiera su camino roto hacia el origen o la pérdida misma de toda conexión. Pero cómo imponerse al otro lado de la ausencia, a su presencia irregular y ajena del otro lado de los velos. Ello sin mencionar el poseso maniquíe que ahora era para el que la evocaba todas las noches en su voluntarioso ideograma de párpados cerrados. No podía evitar el temor generado por la zona. Pero no como una infante que descubre en cada cerrar de ojos el mundo de sus terrores nocturnos, sino el apenas comprensible pavor por no volver, por presentir esa realidad “objetiva” que seguía su curso aún en su ausencia, y que un día creyera eternamente en un despertar iluso. Los sueños me habían resultado extraños y complejos y un par de veces se habían convertido en mi yugo y juez, en el peso de mi culpabilidad. Én vista de que las huídas parecían inevitables y los por qué se multiplicaban en el calidoscopio de sus enigmas y razones, soñar podía ser la extensión de una presencia apenas perceptible, su forma de hablarles. No se trataba sólo de hallar las claves del despertar, sino sentir que siempre había estado, al menos ya no como una figurita de papel sin voluntad. Siendo el equivalente del Nombre y lo Nombrado, podía ser cualquiera de las terceras personas del singular y valía confiar al menos en que era cierto. Si cerrar los ojos sin voluntad alguna le había usurpado lo que más quería, esa misma voluntad ajena debía traer de nuevo sus afectos ya sin lugar a equívocos, sin posesión alguna. Cuántas veces había querido soñarle y sólo lograba caer de un balcón empujada por un destino extraño y ajeno, o despeñándose sobre techos rojos, o siendo extraída -como arrancada de ese caluroso y maternal primer recuerdo- a una muerte por encima de las aguas. Cuántas veces había querido verle y preguntarle por los hilos de la realidad, como si soñar fuera cortarlos, obviarlos. Cuántas veces buscó entender al que hiere sin reparos y buscó venganza, y se movió con espanto por entre las lineas difusas del alma y la vigilia. Después de haber visto sus manos desfiguradas, sus trasescenas no eran las mismas. Luego fueron las posibilidades de horadar en ellas, de jugar con la voluntad del movimiento, reorganizar la realidad, tentar el azar. La lucidez siempre buscada ahora la seguía, tan cándida y clara. Y de momento lo disfrutaba, perseguía las posibilidades a fin de habitar la zona de la comprensión. Pero cómo evitar el miedo, perder el control, declararse una víctima de su propio querer, de su desconexión profunda que borra lazos corporales, y que transmuta sus manos y su rostro y la lleva al otro lado de la ausencia, con la consciencia volátil, vaporosa y elusiva, de sí, de mí, de ella; un juego reflexivo, posesivo y nominal. Cómo soslayar que otra pérdida estaba cerca; se lo dijeron las lilas en el suelo, la tierra en los pies, el blanco amoroso. El azar caprichoso la destinaba a abrir la puerta de infinitos cuartos en los que ella, desacida de sí, escribe que he soñado.
Liz

Números rojos*

Publicado por Lizeth en 4:21

lunes 12 de enero de 2009

Debería prescindir de mi gusto por los números si de recomponerlo todo se trata. Seís, para doblegar la ley del pensamiento. Siete los jirones de la vida, los amores y las añoranzas. Nueve la presencia de los días floridos, los insinuantes fracasos, esas paradójicas salidas de emergencia. Dos las caras entre esto y el espejo, la imagen de Traveler, la imagen de Horacio, y que sus discidencias sean precisamente el encuentro de todos mis recuerdos. Tres el incomprensible destino de mis papeles secundarios. Y que ahora sean las 6:06 a.m. y que ayer fuera 9 del 1 del 9, siguiendo con las significaciones, esos números que le gustan a papá porque son como palíndromos, como caras de realidad y espejo, como si dijera allá Traveler y aquí Horacio, y yo no sé si estoy dentro o fuera de la suerte. Y esos ojos imprecisos que se encuentran vacilantes con las vistas al reloj. 6:09, los reveces como sombras. Traveler ventiuno, Horacio veintidos, un cuatro allí, un cinco allá, y que todo eso dé nueve, mi nueve. Pero no debería seguir sumando tristezas, restando sensatez, sentido común, multiplicando esa sensación de nada que me divide; estas galerías de renovadas decisiones, cifras que acaso fueran símbolos, que fueran monedas falseadas y de cambio. ¿Será verdad que al final, como dice el tango, uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias?
Talita

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* Se recomienda escuchar la canción del mismo título, de Joaquín Sabina.

Publicado por Lizeth en 6:51

martes 6 de enero de 2009


Pensar era inútil, como desesperarse por recordar un sueño del que sólo se alcanzan las últimas hilachas al abrir los ojos.
Julio Cortázar - 62/Modelo para armar


Descorrer el velo suspendido del sueño para toparse con el incomprendido fracaso que eran nuestras mentes ya lejanas. El juego consistía en saltar a la zona más imprecisa de sus emanaciones, y dejar entonces que la felicidad fuera unos pocos minutos de presencia etérea, que su fantasma ocupara el lugar que había querido, y no el Traveler que retiraba insospechadamente el pie de la casilla número 6. Cuando las espirales comenzaron las fuerzas oníricas se debatían entre Traveler picando cebolla en la cocina y alguna de las formas habituales de Horacio. En otros episodios el agua llegaba hasta las rodillas de Manú y todo era como la premonición de su huída, los rastrojos de yodo por el suelo. Y cómo entender las voluntades que dominaban esos sueños, deshacer de repente la escenografía nocturna para llegar al centro mismo del encuentro. Atravesar los muros de concreto esperando chocar en algún momento, declarar el fin de la nostalgia, y que fueran otra vez las cabezas y las bocas que se encuentran violentamente más allá del azar nocturno. Entender cada cosa como el signo de otra, yo con los dos pies sobre la 3, para que Horacio el invasor extragera los ojos diáfanos, mientras dibujaba con cenizas el anillo de Moebius. Podía ser él y cualquiera de las otras bocas que besaba desde que había lanzado ingenuamente la piedrita pretendiendo la perpetuación del cielo. A veces cuando me cansaba de esperar en un sólo pie, Horacio ponía pequeños rastros de trago en la mesa para espantar las ganas de dormir y sublevar inconscientemente el recuerdo triste y nostálgico de Traveler. Así era como Horacio se instalaba tan irreal, inmaterial, con la pantomima de sus escencias en la trasescena de mis frustraciones. Los signos se inscribían de esa forma porque del lado verdadero estaba la Maga, y no eramos más que personajes secundarios de nuestra propia historia. “Yo entresueño, buzo de lavabos”, iniciaba el poema de Horacio. Lo que desconocíamos es que los papeles estaban hechos para ser cambiados, que Manú y Horacio eran los fugitivos lejanos de sus propias imágenes al espejo, que estaban allí para cada desencuentro, que no había escena de mate y yo como la tensión necesaria de ese puente, que las palabras de Horacio podían ser las maquinaciones de mis sueños, las lánguidas copias de mis sensaciones, que Horacio no hablara francés, y no hubiera club y no hubiera Paris. Todo se sucedía justamente como las transmutaciones en los sueños, donde la imagen no es el equivalente de aquello que el entendimiento se empeña en creer, y es posible ser una misma estando fuera de sí; saber que no somos lo que vemos ni quienes vemos, sino aquello que creemos con obstinación por una suerte de fuerza que nos supera, una convicción férrea que va más allá de nosotros. Y entonces mi hermana era mi tía Irene, pero no estoy segura. De nada servía aprender a controlar los detalles de cada encuentro nocturno, jugar con las leyes del mundo real como si se pudiese vivir de esa forma, despertando para sí, y no en la falsa oscuridad de los velos, la luz de las realidades. Hoy había logrado llegar a las escaleras, pero cada lanzamiento se desvanecía en los ojos abiertos, como haciendo abnegado caso de Horacio en el 18, en esas letras que se empeñaban en Talita, la real, aquella que extrañamente no prefería. En cuanto a Manú, desde que dormía lejos había dejado de contarme sus sueños. No sólo había perdido la fe en los encuentros, quizás también huía de ellos. Cuanto más insidiosos eran los reveses de sus sombras, más difícil era volver, y el miedo era mayor. El habitador se apoderaba de la ausencia, mientras yo luchaba con una parte de mí que me arrancaba hasta su lado más efímero. Entonces balbuseaba bruscamente rompiendo la crisálida, palpaba la solidez de las cosas. Siempre había que mirarse las manos para tener un poco de certeza.


Talita

El gaviero...

Publicado por Lizeth en 15:30

jueves 25 de diciembre de 2008



¿Volvería a Magroll o lo abandonaría como la balsa humedecida de sus naufragios? ¿Estaría con él deshaciendo navidades en la proa o lo dejaría allí con el beso congelado de la estación de metro? ¿Sería yo su puerto más hostil y él la botella desechada con un papelito en su interior? Sí que es extraña la vida. Magroll lanzaba sus anclajes a una chica cualquiera, de cigarrillos en la mano y libros con Coca-Cola en el bolso, siguiendo las costumbres de su oficio: camelar y luego alzar las velas y partir... sin embargo, esta vez las huídas eran mías. Sólo tiene de mí un rostro con su nombre inexplicablemente francés, con lo que en una ciudad como ésta representa no tener nada. Podrían no haber vientos que lo llevaran hacia mí, ni brújulas indicando cualquiera de mis nortes, y entonces que fuera real el nunca más, y quedara otra vez yo con mis miedos, y mi no saber qué es lo que quiero. Contrariar sus certezas asumiendo el papel de la iena, la furba, la cattiva, la serpente, la vampira Hélène. No terminaba de comprender los cruces de las calles que portaban a su lecho, aunque dando vueltas por ahí hubiese pensado en los caminos de Roma justamente como eso: ir y venir en los sentidos de su nombre, y que un té con libros sea la risa maleva del hombre gato en el bar argentino, y que un jueves bajo la lluvia sea como girones de un primer encuentro, y que el centro de la plaza esté lleno de historias para nunca ser escritas, y que un día sea Piazzola, y al otro el clochard alemán que canta You take Sally, an’ I’ll take Sue, ain't nah difference between the two. Cocaine all around my brain.
Sabía que Magroll había estado pensando en ella, y que las nefastas ideas recorrían su cabeza. Tendría gotas en sus ojos azul noche, ese perpetuarse inexplicablemente con verdes en ideas argentinas, en hombres argentinos, en mate y carbón, en ese cerrar las puertas del encuentro sutil, bajo esos nombres y esas circunstancias, el día en que lo mismo que los unía los separaba como avismos. Valía por entonces sólo el recuerdo y pensar con sonrisas escondidas las posibilidades de la vida ruleta, y que fuera él frente a ella diciendo “hola”, y que ella respondiera como si ese fuera justamente su lugar, y que cada mirada descubriera esquinas comunes, puertas misteriosamente indefinidas, destinos al Sur de todo encuentro. Esta vez que tenía la posibilidad de congregarse en alguno de sus centros, en la M o la O dependiendo el recorrido, tenía miedo de dejar sus invisibilidades, y hacerse más tangible, y por ello menos inalcanzable. Temía quitar el velo del azar y las eternas posibilidades, y que fuera la vida la que hace sus conjuros y no ella la que tuerce sus destinos. Había algo que jugaba en su contra -suponiendo que ceder fuera la enemistad misma-: la conmiseración que generaban las caricias en su pelo, la mirada que se encontraba en ella como fuente de tranquilidad, que extrañamente ella hubiese tocado su rostro con un asomo de contemplación, y le arrancara las vestiduras con el deseo alcohólico. Un poco de pesar ante su extraña nobleza, y su rostro almidonado de infancia. Un poco de culpa por partir sin más después de haber llorado en su hombro, y dormir en él, y que las fragilidades cambiaran sus rostros con la inestabilidad de la marea.
Algo en la mirada de Magroll generaba una tristeza inexplicable, y el que legara sus rumbos y fascinaciones a la Mar, me impulsaba a la permanencia, a sortear el juego de sus maravillosas posibilidades interiores pese a lo tosco de sus formas y maneras. Quizás lo único que pasaba es que en el fondo era demasiado buena, y siempre veía mieles y fibras existenciales. ¿Qué sensatez personal dar a todo esto? La única realidad era esperar a que una fuerza superior alzara los hilos, guardando siempre de no enredarme entre las velas; seguir el viaje con la posibilidad latente del naufragio, del ahogo salado mientras nos debatimos furiosamente entre las fuerzas vitales, o el entregarse abnegadamente al horizonte, como si la línea más lejana fuera el corazón de la saudade, caminar como Alfonsina hacia el destino perenne de las aguas, dejando atrás las caídas y los campanarios. Lo más valiente sería probar a desaparecer estando de alguna forma, escabullirme a sus posibilidades de alcance, ser el pez que escapa de las redes alejándose necesariamente del cardúmen. Pero cómo deshacerse de la tentación de ser un espejismo, la luminosidad borrosa y fugaz del alba, empeñarme en mi volatilidad. Volver o no a Magroll. Todo hacía parte de un mismo juego. Inevitablemente ya estaba allí, del otro lado, en la orilla de la decisión. Ya había dado el primer paso cediendo al cruce, cediendo al barco, cediendo a sus instintos; y el impulso de tangenciar mi existencia en la ciudad de su infancia -lejos de sus sueños y sus mares-, era cerrar el círculo de humo que conjura en el aire la consumación. En el fondo no importaba si volvería a Magroll, pues todo volver es una huída, y todo estar es una ausencia, y ya sabía bien de esos principios. Existir para un alma más lejana es la consolación de sus felicidades. No existir para mí: la razón. Estar para los demás: sólo una costumbre mal acomodada. Qué rumbo era yo, Hélène de otros años y los mismos, para Magroll y todos los demás que no eran mi historia. Qué raptos literarios debo hacer para cambiar los tranvías y los rieles por océanos cobrizos e infinitos. Hélène vampira y sirena varada de alfombras y lechos, y espejos con turquezas todos mal acomodados, y barcos abrazados a su puerto. Ser la muñeca Hélène con un vientre de gaza, vestido azul con libros en la mano, Hélène que se aleja entre pocas simpatías, dibujando la sombra de Juan, que es su sombra de brazo desangrado. Hélène que piensa Magroll, que huye Magroll, que espera Magroll, porque es eso justamente lo que debo ser y hacer, por ser Hélène y no otro nombre.

H

Nota del diario personal - 22/10/08

Publicado por Lizeth en 3:59

sábado 20 de diciembre de 2008

Lo último de aquella noche antes que la pluma perdiera su cabeza inmolada al vacío.
Nota del diario personal - 22/10/08
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Cubierta de un halo de victoria se deja tentar por el riesgo de caer por la ventana, que aparezca la mano de sus sueños y todo sea una extraña coincidencia, de las que se dan de cuando en cuando en esta vida. No había mucho que ofrendar: su vida dentro del reino de los justos le otorgaba cielos despejados, sin claros de luna ni demonios. Una cerveza y tres cigarros, dos en nombre del destino. Había prometido no merodear el peligro en la ventana desde aquella vez que el amor quiso alejarla de las imágenes del terror; pero las sombras y los miedos se habían transmutado y ahora los fantasmas que acechaban por su espalda podrían se los aliados de una renuncia concebida.

Polifonía

Publicado por Lizeth en 3:22


Chipi chipi - Charly García


Todos los timbres gastados que he apretado, las puertas roídas de tanto golpear, los caminos áridos del trasegar constante, el alma en vilo de esperar la apertura de tu senda real, la caída de los muros y fortalezas de ese tu castillo de naipes. Habría que asumirme como el negativo velado de tus impresiones para saber que me escondo en la oscuridad de las luces, para que sepas igual que estoy allí, ocupando la trasescena de tus teatros cotidianos. Y sin embargo no poder decir, por no saber, por no haber hallado cuando fue posible, la forma justa de multiplicar tus tristezas para que no sintieras el feroz miedo de la felicidad. Y qué poco medí las mías, qué olvido, qué indecencia mis nombres y esperanzas. La pequeña Lil había descubierto en los cristales de colores refracciones y reflejos de todas sus iluminaciones. Me gustan las verdes porque son como velas, hojas de abril, u ojos de domingo. A Talita le sabían a besos, pero a mí a botellas vacías en el café de turno favorito, los soles y los parques con sillas para leer, las cuatro de la tarde, y los días bonitos desde lo alto de la espiral. Yo con verdes en cambio hacía papiroflexia... un día me llené de crayolas, y tejí con flores y papel de araña la carta para el niño del jardín. Le habían preguntado por el verde y ella dijo rojo, y con el rojo “No Helénè”. Qué podía saber él del papel de colgadura si no de sus ojos y de ella, la otra ella, una de verdad. A Talita le gustan los cristales violetas porque le recuerdan el ámbar de sus fascinaciones. Me disgusta porque es como Tell, que estaba a su lado con la misma conmiseración con que miraba a Juan. A Lile no le sirvió de victorias sino de muertes con collares olvidados en la repisa de algún baño. Buscarlo -al collar... y a él, un poco, como excusa... él como excusa, quiero decir, el collar-. Un poco de la pequeña y yo somos violetas de escalones y primeros besos de los amigos más queridos. Giros de vecindario y princesas como un eco, lilas en la página 425, acuarelas del amigo querido, ramitos de perdón y encanto del niño del jardín. Los amarillos le saben a plumas con papeles enrollados y cartas que no llegan. Y nada más, las otras nada más. Quedaban los azules de los ojos y postales, y el negro de las letras manchadas con el agua, en el lugar preciso de las nimias incidencias. El azul acontecido en las servilletas también de la 425, y los cielos lejanos de la infancia, de medio día y de tarde pausada, de café, un poco.. también... como todos los tiempos. En el centro de un cristal mi centro, acuchillada de luz, y el mundo como refracciones. Es de noche, como cualquiera de las noches de otrora, y camino un poco bajo una lluvia ahora ajena, con las cenizas consumidas del último cigarro, torpedeando siempre entre zapatos y adoquines, y un poco de vino en la sangre... siempre el vino como catalizador de los dolores más profundos. Talita piensa en músicas y azules, sabiendo que no es para ella el revés de esas palabras, que no es ella la que ríe en las fotos con una aliación de dedos cercana al corazón... y se obstina, sin embargo, tan sólo por probar, por lanzar la piedrita que la lleve a cualquier número más allá, siempre más lejos de cualquier otro infierno, a la paradoja absurda del cielo de sus otras. Pero ahora qué poseción maleva debía asumir con esa chica. Y con las otras, presentes y desaparecidas. Cómo asumir la frialdad siempre casual y premeditada, esa soledad necesaria y medida, con este dulzón incómodo de la pequeña que caminaba por encima de los números dictando sendas, dando abrazos en barcas por partir, para que ÉL no se vaya, aunque se vaya, y el mundo sea la hostilidad de Hélène, a quien apenas comienzo a reinterpretar. Todo parecía sosegarse en sus centros, congregarse en el pestañeo pegajoso de sus verdades con mentiras, como una gran negación de todas ellas traducidas en un vacío extraño, en un silencio sin vocablos, este ser yo sin más, la primera persona del singular y sólo eso... eso... que no sé qué es, quién es, qué de todo eso soy yo, más allá de mis emergencias, de las huídas involuntarias y pasmosas. Es probable que termine haciendo una llamada para hablar de sí con sus cambios, queriendo parecer siempre una mujer de mundo, interesante, y que igual no importe, sobre todo porque no le interesa su interlocutor. Al menos sublevás el orgullo, ché! Talita espera los días con una sonrisa entre tonta y malévola. Tendrá rizos en su pelo como si fuesen flores, y será amable, y jugará al cementerio y las palabras si fuese necesario. Y es tan decadente que no le importaría ser una zombie, ahora y de nuevo... compartirá sus cigarrillos y... esperará, en un sólo pie, con las piedritas por el suelo. Y vos... ¿qué hacer contigo? Que lo decida la mitad más fuerte del corazón, y la mano con sus dilemas redondos y sin fondo.

Nota suelta, 24/10/07 - Folio 1

Publicado por Lizeth en 12:44

viernes 5 de diciembre de 2008

Revisando la herencia que le voy a dejar a Mafalda cuando mi muerte próxima llegue finalmente, y cante Victoria, mientras Bernarda solloza -porque llora con todo lo que es realmente aglutinante-, me encontré con esta nota suelta del 24 de octubre del 2007. Hoy me levanté con mareo, como globo terráqueo mal acomodado, pensando en las intuiciones de Mafalda. Y a este paso... se recomienda a la audiencia revisar el manual de instrucciones cronopiales, apartado "Sobre el comportamiento en los velorios". Por lo demás, los dejo con la nota.
Sta. Globo Terráqueo de Mafalda
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Yo sigo en mi idea vil de hacer con tu nombre un cementerio público, un dolor ajeno... No puedo estar perdiéndome en recintos oscuros y sinuosos, donde habitabas ausente, donde transformabas tu forma de ver el mundo, y la vida, a mí... quizás. No logro declararme un ser emergente de tus visiones. Yo quisiera de cuando en cuando saber algo de vos, que vinieras a mí como un espectro... no, no quiero eso. Yo te quiero aquí conmigo, delirando vida, sangre y heridas... yo te quiero en licor, ebrio de mil muertes... no quiero pisar la última colilla de tus caminos errantes. He leído en las cenizas de mi corazón las letras profanas de tu destino.
Me fue revelado en sueños las confusiones del día móvil y triste. No fue aquella la última oportunidad, sólo la sentencia de mi fracaso creado. Fuimos paridos de una sola locura, de aquella que adivinaba signos en las manos y sombras en la espalda. Hoy me lleno de odio y rabia... No, hoy estoy vacía, y estoy sola, también. Hoy tengo miedo de mí... el terror que se oculta en el espejo, y tu abrazo electrizante, verdadero…
Me has otorgado la dicha cruel de tu visita oscura, de tu cercanía no de papel. Y yo no puedo evitar los sollozos, ni sentirme más otra de sí ante esa foto. Y buscar la mentira palmo a palmo, en cada una de las paredes, en las imágenes que me fueron dadas desde niña. Yo no quiero volver en la próxima ausencia; yo quiero perderme en las redes de sangre, chocar con la ruleta rusa del destino, cruzar la línea que divide la bahía. Yo quiero ser Ícaro de campanario, y escribir con tinta roja una sentencia a muerte. Te quiero a vos, y decírtelo en la cara.
Liz (tu hermana)

Página 104

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sábado 29 de noviembre de 2008





PÁGINA 104

Ricordo mia madre come un essere fragile e strano, talvolta smarrita tra un barbiturico e l’altro, sempre depressa e difficile, che sognava di essere investita da treni, silenziosa nemica de mio padre. Lei teneva un diario in riguroso segreto, nessuno ha mai saputo che annotasse la sua vita su certi quaderni e quadretti, che alla sua morte io ho trovato e letto. Persino la sua scrittura era strana in quei quaderni, era una scrittura de insetto, microscopica, apposita per i suoi diari, molto diversa, per esempio, da quella che per quarant’anni ha utilizato per la lista de la spessa. Por lo demás, siempre temblaba al escribir, sus letras grandes y dispares, tratando de no caer derrumbadas hacia la derecha, con grandes aros como barrigas de gotas de agua. Le gustaba ser la habitante nocturna de las calles y los corredores, tomar una copa con algún desconocido en la ciudad, y llegar a la madrugada en taxi, golpeando fuerte la puerta y esperando que mi padre pagara la carrera. Papi ha sido muy desafortunado con aquellas escenas. Parte de su ruina económica se la debe a los taxis nocturnos de su esposa y su hija. Mi madre tenía una pasión oculta por la televisión, los programas de concurso y las películas que hablaban de ella. Quiero decir, había un cierto poder en ella para llamar los film de mujeres perturbadas, que escriben en las paredes con labial rojo, que se cortan las venas, leen las cartas y el cigarrillo, son violadas, inmigrantes ilegales y encerradas en los reclusorios psiquiátricos, todas, además, de largos cabellos negros. Al final de las películas se sumía en un silencio eterno, sus pupilas se dilataban y entonces no podía dormir en toda la noche. Tomaba agua y se paseaba vestida de blanco por toda la casa, descifrando sombras y ecos. Cuando no escapaba al bar y los parques, amanecía sentada en mi habitación, gimiendo, con una mano apoyada al corazón. Sus gemidos repetidos e insidiosos se me clavaron en la cabeza como el cucú del pájaro carpintero, de tal modo que el día de su funeral, siempre que me quedaba sola, los escuchaba desde el fondo del ataúd. Entonces debía entrar al baño, echarme agua en la cara y verne al espejo, abriendo bien los ojos antes de salir, dispuesta a ver el espectáculo de la zombie... aquella que se levanta de su lecho de muerta gimiendo y golpeando el cristal que la encerraba. Pero a cambio sólo había tinto y agua aromática en la sala, y una pila de gente adulta que decía ser su familia, y de paso la mía. En mi vida los había visto! Ni los volvería a ver... o quizás sí, por ahí en la calle, donde una se cruza tantas personas. Imposible saber, ni siquiera recuerdo sus rostros. Lo común en ellos era que se peleaban las sillas de la sala, los vasos de tinto, y esa facilidad para hacer corrillo, en los que no se decía nada nuevo. “¿Y Ricardo? Pobre muchacho. Sin papá y sin mamá... por suerte Gracielita lo ha acogido y le ha dado todo. ¿Esa es la niña de Gladys? Pobre niña, con ese papá que le ha inculcado un odio por la madre y su familia. Mírela, ni siquiera llora. Es que es como el papá, insensible. Ay mija, Gladys sufrió mucho. Dios la tenga en su santa gloria. Se me acabó el tinto, voy por otro. ¿Quiere uno? Cuídeme el puesto”.
Vivere libera / Nei lampioni della notte, / nell centro del vuoto, nell’oscurità aperta, / tra le ombre il nero ed io. / Vivere libera. / Appoggiata alla tomba,/ e io perduta, / nella luce unica del figlio. El hijo, su hijo, sus hijos, mis hermanos perdidos. Mamá los lúnes a las seís me enseñaba a cantar. Por ella aprendí de pequeña la palabra turpial y a imaginar que los guaduales lloran porque también tienen alma. Pero lo primero fue “Lunita consentida colgada del cielo/ como un farolito que puso mi Dios, / para que alumbrara las noches calladas / de este pueblo viejo de mi corazón”. Cuando decía “pueblito de mis cuitas, / de casas pequeñitas, / por tus calles tranquilas corrió mi juventud”, se le perdía la mirada, y yo tenía imágenes como recuerdos, en blanco y negro, de una muchacha de estatura muy larga, “y la falda muy corta”, parodiando a Sabina. Después de eso sacaba un baúl repleto de fotos y cachibaches. Al lado tenía los álbumes de su vida de extranjera, de casada, de madre frustrada, pero esos eran para los sábados en la tarde, en los que decía “cuando yo me muera te quedas esta foto para tí y esta otra para Ricardo. -No, a mí me gusta más la otra. Bueno, entonces le dejas esta a Ricardo”. Pero nada fue como lo delegó. Por suerte alcancé a salvar algunos recuerdos de la rapiña que fue la repartición de sus fotos. Ya sabía yo que vendrían esos que decían ser su familia a usurpar y exprimir cada rincón de su presencia. “Tan linda que era Gladys! Yo me quedo con este álbum”. Y yo sin poder hacer nada, veía cómo lo feriaban y se lo llevaban todo. “¿Quieren tinto? -otro tinto-”. A la hora del café abrí los álbumes y les arranqué las cuatro fotos preferidas. Me las guardé en el diario, y nunca nadie supo de mis hallazgos. Los martes mamá se enfermaba más que de costumbre y entonces yo era su enfermera. Pero eso fue al final. Cuando era más pequeña mamá cocinaba y veía pasar las bandas marciales por la ventana. Yo entonces me creía capaz de sobrevivir a su ruido estridente. Comprobaba luego que no era así, y un miedo aterrador se me filtraba por el pecho y no podía dejar de llorar. Entonces ella me daba la mano y me ayudaba a bajar las escaleras. Me aferraba a ella porque papá no estaba, y entonces todo era más difícil. Los ruidos fuertes me generaban un terror inexplicable. Era ella la que me sacaba de los círculos de guantes negros, la que prefería las sombrillas azules porque yo tenía pavor por las negras, y la que me cargaba en sus brazos cuando brillaba el piso, porque no soportaba el sonido de la brilladora. Los martes por la tarde hacía dulces y postres y jugaba al cementerio con mi hermano y conmigo. Hacíamos juegos de palabras y nos inventábamos formas de nombrar las cosas. Los miércoles mamá rayaba zanahoria, cebolla y picaba tomate. También hacía jugo de tomate de árbol y me despedía con un beso en la mejilla antes de ir al colegio. En la tarde corría horrorizada por el solar porque había visto un gusano de seda, mientras mi hermano y yo buscábamos piedras extrañas en el patio. Cuadradas, amarillas, con rayas onduladas. Mi hermano decía que eran enviadas por los extraterrestres, pero yo siempre creí que eran la comida de los astronautas, por un documental sobre la vida a bordo de un cohete, en el que los astronautas comían algo muy parecido. Esa noche después del documental corrí al cuarto de mi hermano a despertarlo y decirle, “Ricardo, Ricardo, las ví... las piedras del patio son comida para astronautas”. Debo confesar que algún día tuve la tentación de meterlas al congelador y probarlas. Siempre supuse que sabrían a vainilla, pero cuando quise hacerlo no les encontré más. También enterrábamos moscas en paños morados de satín, y yo me veía a através de los espejos rotos, desafiando todas las condenas y todos los años de maldición venidera. Los jueves mamá era la más extraña. No sólo porque le gustara morir, como efectivamente lo hizo ese día, sino porque era más enigmática que de costumbre. Me enseñaba a leer las cartas y nos contaba historias de terror, sobre todo de su vida en el campo. Ese día mamá no prendía la televisión, y se dedicaba a hablar por largas horas, en las que nosotros no parábamos de mirarla asombrados y encantados. Por la tarde, en mi cuarto, se pintaba las largas uñas de carmesí, mientras el sol de las cinco se colaba tenuemente por la ventana. En la noche hacía mercado después de la tormenta y de regreso seguía el televisor sin ser prendido, ya no por las historias, sino porque ella juraba ver una sombra detrás de él, a la par que encojía y frotaba sus manos una con otra. Y allí empezaban de nuevo los gemidos. Los viernes mamá salía con papá y mi hermano y me dejaban sola en la casa. Entonces también era costumbre que los viernes se fuera la luz y yo escuchara ruidos y viera la sombra de un hombre sentado en el sofá de la sala. También eran los dias del médico, casualmente porque nos enfermábamos ese día, o porque todas las citas médicas las daban para la tarde de los viernes. Así fue como empezó mi paulatino mal visual. Ese día llegaba a la casa quejándome porque el tablero del colegio brillaba mucho y perdía las evaluaciones de matemáticas porque copiaba mal los enunciados., y ese mismo día sabría que en realidad tenía -1.25 de miopía, y 0.50 de astigmatismo. “Pero no se preocupe. Si la niña usa juiciosa sus gafas, cuando tenga 18 años no las tendrá que usar más. Se habrá curado”. Promesas sobre el bidet! Ahora tengo más de -5 de miopía, y más de 1.50 de astigmatismo. En efecto ya no uso gafas, pero no me he curado, y mi mamá ya no me lleva los viernes en la tarde al médico. Ah... por cierto, tampoco volví al médico. Mientras yo iba al optómetra, mi hermano seguía terapia psicológica. Era bipolar, como nuestra madre en un comienzo. Y de ninguna manera queríamos que terminara como ella. Otra promesa sobre el bidet.
Oggi ho visto quella poetessa argentina minuta, che sembra tormentata, era in compagnia di certi ragazzetti bene del quartiere Calvo Sotelo. Los sábados en la mañana mamá barría, en la tarde veía películas que le hablaban de su vida en el extranjero, hacía el testamento de sus fotos y se ponía nostálgica. Se vestía de azul y hacía todo con una gran parsimonia, como si midiera cada movimiento. Hablaba pausado y no muy fuerte, y casi siempre para referirse a su pasado, de su vida en otras partes, de lo que era suyo y perdió. Era muy amistosa con mi padre, charlaban largo rato y ella hacía pausas para tomar el sol de la tarde. Verla era sentir la sensación de tranquilidad y serenidad pasmosa, como queriendo que todos los días fuera así. Por la noche jugaba a los tesoros escondidos conmigo y se escondía detrás de la oscuridad para asustarme. Cuando veía mi reacción de real espanto, y que me daba taquicardia y se me iba la respiración por instantes, me pedía perdón y me abrazaba. Al final una no podía evitar dormirse alivianada, con una sensación de paz perpetua, una sonrisa tímida en el rostro. Los domingos mamá enloquecía. El aire se sentía enrarecido muy de mañana. El televisor permanecía encendido desde temprano y duraba así por todo el día. Ese día mamá no se levantaba de la cama. Y si lo hacía era sólo para fumar, compulsivamente. Siempre había planes con papá, Luisa y mis primos, y eso la aturdía. Era mordaz en cada cosa que decía, amenazante. Hablaba sin modales, con agresividad. Me exigía permanecer a su lado, y yo a veces no tenía más remedio que ceder. Si osaba salir con papá, ella se paraba al borde de las escaleras jurando lanzarse. Gritaba y sus pies y su rostro adquirían un tono morado, una gran cólera le llegaba a la cabeza. Llamaba a mi tía, hablaba durísimo y siempre en contra de papá. Quedaban dos opciones: salir y respirar aire puro, al menos hasta la noche, cuando cualquier cosa podía pasar; o permanecer allí, con el miedo abrazado al alma, hasta el momento en que todo estallara. En cualquiera de los dos casos el resultado era el mismo. Los domingos no se dormía bien... beh, de hecho no se dormía. Mi cuarto se transformaba en el centro de un acuartelamiento de primer grado, en el que brotaba la complicidad entre mi padre y yo. Todo eran delirios... el día despuntaba con una película de mujeres perturbadas, que escriben en las paredes con labial rojo, que se cortan las venas, leen las cartas y el cigarrillo, son violadas, inmigrantes ilegales y encerradas en los reclusorios psiquiátricos, todas, además, de largos cabellos negros. Después de ello siempre había un té caliente que caía, una taza que se rompía, y un huracán que acababa con toda la casa. A la madrugada eran comúnes los cuchillos alzados en la oscuridad, la luz del comedor prendida, y papá y mamá en la misma mesa, mientras ella le declaraba sus ánimos homicidas. Yo en la oscuridad del cuarto, dueña de mis cuatro años... igual, con un miedo allá afuera, y ya no aquí adentro, como los viernes sin luz. A las siete mamá se envolvía en sábanas blancas queriendo salir. A las ocho papá se la llevaba a ver a mi hermano, antes de dejarla en el psiquiátrico. A las nueve yo abría la puerta de mi cuarto. A las nueve y quince recorría la sala y los cuartos llenos de cristales y fotografías rotas. A las diez bajaba las escaleras. A las once me iba al patio a buscar el sol que permanecía todo el día oculto tras las nubes. A las doce comía cualquier cosa. A la una llamaba papá diciendo que todo estaría bien, y que vendría con mi hermano, que viviría con nosotros algunos meses. A las dos me emocionaba. A las tres me iba de nuevo al patio a cerrar los ojos. A las cuatro llegaban papá y mi hermano. A las cinco recogíamos todo, arreglábamos el desastre, y entraba una luz tan bonita por la ventana! A las seís papá intentaba cocinar, mi hermano daba muestras de su escepticismo, y yo... beh, lo único seguro es que no tendría clases de canto.

Colombia es una herida absurda...

Publicado por Lizeth en 16:20

miércoles 26 de noviembre de 2008






"El destino de los colombianos de hoy es irnos. Claro, si antes no nos matan. Pues los que se alcancen a ir no sueñen con que se han ido, porque a donde quiera que vayan Colombia los seguirá; los seguirá como me ha seguido a mí, día a día, noche a noche, a donde he ido, con su locura. Algún momento de dicha efímera vivido aquí e irrepetible en otras partes los va a acompañar hasta la muerte".

Fernando Vallejo

"Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.Todo esfuerzo mío es una condena escrita;y está mi corazón - como un cadáver - sepultado".

Kavafis


Un día busqué irme, como si todo fuese el presentimiento de una lejanía más profunda, de una renuncia definitiva. Miraba con menos ausencia de mí por la ventanilla del avión, el oscuro espectáculo de Bogotá, y todo lo demás ya lejos, como si hubiese dado el salto irreversible. Todo lo anterior se había sucedido de modo tan pueril y casual, como si no escondiese el propósito profundo de perderme en el horizonte, cubierta del mar de la saudade. Mis ojos desacidos de su mundo personal, entregados a unas gafas que le permitieran el último recuerdo nítido de la ciudad, del país al que, extrañamente en ese momento, sentí que no iba volver... jamás...
Y no he vuelto. Ya no por decisión propia, aunque sí que haya mucho de decisiones personales en todo esto. Sin embargo, bien me diría Victor Quinche esta semana que toda decisión que se tome será la mejor o la peor, así que no importa. Toda decisión y todo vivir aquí afuera ha sido una forma de naufragar dentro de ese barco hundido que es Colombia, que se derrumba y llueve sobre sí todos los días. No resultará raro que al presidente Uribe se le antoje declarar el invierno de antipatriota -como lo hizo con el volcán nevado del Huila. Vano sería Sr. Presidente, nada más Colombiano que el lodazal y las aguas negras que nos llegan hasta el cuello. Así que la idea de patria ha sido una búsqueda a penas iniciada aquí. Porque hace falta alejarse, hace falta tomar distancia para emprender la misión de volver sobre lo cercano: la nación, la sangre, la familia, los amigos, el idioma... y que una pueda definirse en medio del amor y el odio entre cada cosa. Que una pueda estar allá, como nunca, estando lejos, y que le duelan más las cosas, y que por ellos mismo la desesperanza sea mayor.
Pero debo decir que más que aquella idea latente de Colombia como el agradable aniz del dolor y la fascinación, de eso que es una al saber que nació en el rincón más absurdo del planeta, y que un poco de locura, como diría Vallejo, -bueno, un poco no... mucho la verdad-, haya en todo esto, está mi concepto de patria que ha mutado de sentimientos y razones, y que hoy cartográficamente se ha reducido a una ciudad. Con ello quiero decir que no es Colombia sola la que impone ante mí sus fantasmas, sino Bogotá la que me aplasta con mi pasado allí. Porque hablar de mí es hablar de esa ciudad, pues de lo demás no sé... de nada más... “Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire oscuras ruinas de mi vida veo aquí, donde tantos años pasé, y perdí y destruí”, Kavafis lo dice mejor que cualquiera. El último recuerdo nítido de Bogotá ha sido la imagen incidiosa que se prolonga en cada una de mis vistas difusas a esta otra ciudad. Roma no tendría sentido para mí si cada camino borroso que mis ojos tientan a transitar, no fuera un balbuceo de Bogotá y mi forma de seguir escribiendo sobre ese nombre las letras del mío. Hoy vi un video de Vila-Matas en el que decía que quizás cada uno de nosotros tiene otro nombre, uno secreto por descubrir. Y que por ello desconfía del suyo, y de su país, y de su ciudad, y de su familia. No podríamos desconfiar de todo, porque no tendríamos sillas en qué sentarnos, y entonces ahora mismo yo me habría caído al suelo; pero si valdría desconfiar de esas condiciones que nos fueron dadas, porque quizás hay una promesa de sentido en ello. “¿Qué hay detrás del nombre?” Dijo Joyce. “Otro nombre. Uno oculto”, respondería Vila-Matas. Así es como Roma puede ser Bogotá, sin que Roma deje de ser ella misma, una ciudad alucinante, robándome un poco la idea de la mujer francesa que conocí esta semana en una cena, por cierto, demasiado femenina.
Sin embargo, estar aquí no es sólo una forma de repetir (me) las parcialidades de ese otro lugar, sino curar las heridas abiertas allí. A lo que debería seguirse un volver, o un irme de nuevo, ya no de mi ciudad de infancia, sino de Roma, para aprender a curar las heridas que aquí se han abierto. “El lugar donde haz sido feliz no debieras tratar de volver”, y cada felicidad es una herida de la que se huye “viajando, perdiendo países”, como lo diría Pessoa. Pese a ello, toda huída es posible, menos la emprendida del lugar en el que se nace, aunque esa no sea la patria, la verdadera... si es que existe. Serrat declara que no se siente extranjero en ningún lugar, y yo decía a alguien que me siento extranjera en todas partes. Todo hace parte del juego de nombres dados y nombres por descubrir, de esas adopciones de momento que generamos y nos generan los lugares, las cosas, las personas. Somos seres móviles, que viajamos por el contínuo espacio tiempo llenos de fantasmas, ficciones de un futuro que es, sobremanera, literario; de un presente que se revalua sin antes ser pronunciado, y un pasado del que ni siquiera tenemos el recuerdo, sólo imágenes, algo que entristecía a Borges.
Pero yo no venía aquí a hablar de ciudad, porque no se trataba de una declaración de mi forma de vivir y ver a Roma, sino una denuncia de mis decepciones y fracasos. Así que retomemos el rumbo, volvamos a Colombia, eso que es más grande que todo, que las ciudades: un monstruo que no me da pasado, ni recuerdos, ni imágenes, sino extrañas y vanas esperanzas, y por ello mismo, contínuas y habituales decepciones. Mi relación con Colombia no es tan íntima como pasional, absurda, algo que no sé explicar bien. Bogotá me habla de mí, es una forma de reconocerme y alejarme, y volver... en cuanto a Colombia, es extraño. Se trata de un fenómeno del que aún no tengo respuestas ni definiciones, sólo un peso histórico, como si en mí ya no cargara conmigo y mi nombre personal y oculto, sino con la pila de nombres de todo un pueblo, sus nombres dados y ocultos. Por eso he marchado, he declarado, he denunciado, he escrito, he leído, he estudiado... por eso también perdí un hermano... es lo más personal que tengo con Colombia, eso de la guerra que nos ha tocado a todos.
Algunos pensarán fastidiados sobre el por qué me agoto en discursos e ideas sobre el país, y yo misma lo hago cuando vuelvo sobre cada iniciativa con un optimismo extraño para las otras que soy, sobre todo en los aspectos menos prácticos de mi vida. No lo sé bien. Quizás por alguna influencia superior -los demonios de abril me entenderán (ya hablaré de ellos en otro texto)-, quizás porque prefiero asumir esa influencia sin perder la vida y la cabeza, al menos no de esa forma -por eso no lo entiendo hermano-. Sin embargo, he tomado una decisión en pro de mi salud mental, o al menos de la absoluta dedicación de mi mente a otro tipo de insanidades: no moveré un dedo por Colombia. No volveré a tomar esa bandera, a confiar esperanzadoramente en toda posibilidad de hacer algo. Finalmente, y como diría Vallejo, Colombia es un desastre sin remedio, y no hace falta repetirselo a mi voluntad cada vez que abandono el silencio reflexivo. Toda decisión es la mejor o la peor. No importa, a Colombia no le importa. Los que mataron ayer, hoy serán muertos. Colombia en el cadalzo, lanzada al precipicio desde la cima de una pirámide más alta que DMG -tema que, por lo demás, me sirvió para encontrar una canción de Fito que se llama DLG-. Al final, a mí también me toca y me seguirá tocando una parte de esa miseria, de esa caída, y no pienso hacer nada... nada más para evitarlo.
En cuanto a mí y la ciudad.... no sé. Andrés Agudelo me escribió esta semana “No vale la pena ver la destrucción calculada y dolorosa de Bogotá por parte del niño lindo que jugó a ser comunista...Pienso, sin nada de nada, sin sal ni pimienta, que es mejor que se quede, que ya sabremos calcular su ausencia....Liz”. Hace falta que un día yo misma pueda hacerlo. Quizás el primer paso sea calcular la presencia de la ciudad de infancia en los cristales de mi ausencia: ese espejo con los reflejos difusos de los lugares que persigo, en los que se repiten con exactitud las luces tenues y amarillas, la oscuridad de la ventana, la nitidez de una ciudad a la que jamás volveré, probablemente porque nunca me fui... o se fue de mí.




Candelaria - Distrito Especial

Carta a los queridos amigos

Publicado por Lizeth en 22:11

jueves 20 de noviembre de 2008

Roma, 21 de noviembre de 2008.

Lanzarse al abismo, a un metro, cualquier cosa que sea un lanzamiento implica ir al encuentro con algo mucho más allá de la muerte. El pavimento, el tren, el agua, materias esenciales para choques necesarios. Le he dado muchas vueltas al tema y es la primera vez que, después de todo ello, me decido a escribir lejos de una pluma y un papel y, sobre todo, a publicarlo. Quizás hoy, queridos amigos, contemos con un poco más de suerte. De momento me siento a paz y salvo con la vida. Esto es, si no reconciliada con ella, al menos sí más acorde con el hecho de vivir, aunque sea tan sólo el engaño de las cosas vistas desde un cristal. Es algo así como tener menos cinco de miopía y usar gafas. No es que tus ojos estén sanos, no es que en verdad puedas ver, pero al menos los cristales te muestran los colores y las formas definidas, y de momento, eso resulta bien para lo que sería un infortunio práctico. En suma, y como dice un reciente amigo (querría, quizás apresuradamente, llamarlo de esta forma porque aunque no lo sepa -lo mejor es que no lo sabe- me salvó la vida el jueves pasado, no sé si con intensión, alevosía, o más pena que gloria), es conformarse con lo que hay. El problema es que muy en el fondo no he sido una mujer conformista con todo y que he debido conformarme. Es decir, los hechos siempre demostrarán lo contrario. Así que, queridos amigos, de momento me vienen unas ganas de vivir sólo por dos razones: mi padre -la universal, la de siempre-, y escribir. Esa segunda suena más absurda y pretenciosa. Pero no estaría mal pensar como la Duras, “scrivo per non suicidarmi”. Eso sucede hoy, en Roma, a las 5:10 de la mañana, en mí y sobre todo mi cabeza, que es el espacio donde podría suceder cualquier cosa. A veces me desconecto de una forma que da miedo. Ustedes, amigos de tiempo, lo sabrán. Llega un punto en el que todo se asemeja a levantar la bocina y no colgarla más y enviar hacia ese otro lado sólo silencio e incertidumbre. Me ausento mucho, me sucede ahora con más frecuencia. Sin embargo no asusto a nadie -no tengo a quién hacerlo-. Me voy sola, cuando camino por las calles, y pienso que todo esto es demasiado para mí y me resulta increíble. Entonces no sé qué pasa dentro de mí y me voy; me siento, literalmente, el sueño de una bestia.
Muchas veces también me sentí como Vila Matas en su juventud, cuando por aquellos años vivía en Paris. Ese amargar a los amigos con la idea recurrente de la muerte, sólo por ser un poco gris, bohême y situazionista. Y sí, el sucidio es un poco eso: tiene más de mito que de otra cosa. No hay muchos seres en este mundo, que yo conozca, que no hayan despertado en algún momento de su vida una secreta pasión por la muerte y lo confiesen abiertamente, sabiendo que cruzan las calles siempre por la cebra y cuando el semáforo está en rojo, usan condón, practican algún deporte, duermen lo debido -lo justo y necesario-, y van al médico -en algunos casos verdaderamente descarados- dos veces por semana. Mi ha chiesto cosa pensavo di fare quel sabato sera. “Uccidermi”, gli risposi. “Allora ci vediamos venerdì”. Con cosas así vale más seguir el consejo de la vocecilla del metro, “si prega di allontanarsi dalla linea gialda”.
Y lo confieso queridos amigos, en la mayor parte de los casos me ha recorrido ese morbo cínico, ese sentirme melancólica como Vila Matas con su pipa y su traje negro, ambos leyendo Rimbaud y Lautréamont por ser oscuros, muy oscuros, como una verdadera tragedia ambulante. Y era así, porque todo esto resulta penoso. Pero, hay que reconocer que, como dice Diana, todo chiste tiene su posición. De modo tal que lo que en principio fue ficción, pantomima, después se fue enquistando muy en el fondo. No tanto la necesidad de un suicidio a consumar, sino algo mucho peor y real: el hastío. A scuola dicevano che, secondo Erasmo, chi conosce l’arte di stare con se stesso non si annoia mai. Sembra che io abbia dimenticato quell’arte. No sólo me había vuelto mi propia verduga, sino que todo me resultaba verdaderamente pueril, vacuo, fútil. La vida como una herida absurda, tal cual dice el tango. El hastío se traducía en una real poca valía de la vida. Hoy me resulta indiferente si salgo a la calle y me arolla un carro o se cae el avión que va de regreso a Colombia. No obstante, la diferencia entre eso y el jueves pasado, es que yo no corría al encuentro de ningún tren, que bastaba visitar el metro con frecuencia, sabiendo de la posibilidad extraña y latente de que algún loco de los muchos que hay en Roma, me empujara hacia la carrilera. E al diavolo.
Todo chiste se acaba cuando te toman en serio. Con ello no digo que el agobiarlos a ustedes, queridos amigos, con la idea del suicidio haya sido un chiste. Sólo que siempre había sabido mantener una distancia prudencial entre el comentario y esa realidad fáctica que supera las palabras. No ya por un instinto de supervivencia sino, debo confesarlo y muchos de ustedes lo saben, por mi padre. Delia podría repetir esta frase mejor que yo porque la ha escuchado al menos más de cinco veces: “si no fuese por mi padre, si no estuviese allí esperando, yo me habría lanzado hace mucho tiempo al río”. De modo que si hay alguien a quien no he agobiado con la idea es a mi padre, aunque haya sido el primero en tomarme en serio sin necesidad de decírselo. La cuestión es que no vale que me tomen en serio cuando no he expresado nada. De modo que, al final, creo, ha vencido mi ánimo sensato delante de él, y he logrado persuadirlo de sus, a veces, muy arraigadas creencias sobre mí. Son ustedes, queridos amigos, los que me han mantenido de esta forma. Porque tanto ustedes, como yo, hablamos un lenguaje demasiado ambiguo, de modo que nos permitimos cualquier cosa sin evitar dibujar una tímida risa, que no expresa de ningún modo desconcierto. Eso ha funcionado así porque ustedes, queridos amigos, son un poco como yo, y entre nosotros ha operado una suerte de código oculto, de significaciones tácitas y formas de entendernos. Es como si, de repente, hubiésemos aprendido -quizás por el lugar donde nos tocó nacer- a mirarnos entre palabras y, en muchos casos, abusar de ellas. Por eso es que aquél reciente amigo -quizás por el lugar donde le tocó nacer-, me salvó la vida el jueves pasado. Lo que probablemente no sepa es que lo hizo de la forma contraria a como podría imaginarlo. Mi hastío por la vida se había perdido siempre entre el hastío general, ¿o qué es una suicida en un país de suicidas? Y mi euforia -aquella que me avocaba al metro- terminaría, si no hubiese recibido ese otro impulso, lanzándome a las líneas imaginarias y los trenes metafísicos, aun cuando la idea de lanzarse haya sido una tentación real el domingo en que inició todo esto. La cuestión es que, máximo, de aquella euforia terminaría saliendo otro escrito más dado que, muy seguramente, la tentación real de lanzarme no volvería con la impecable e irracional sensación de aquella primera vez.
En los últimos años tenía claro sólo dos cosas: me suicidaría, pero no ahora. Así que ponerle un tiempo a la idea resultaba cómodo y práctico. La sentencia no es diversa a la que todos tenemos como seres que vivimos, que hemos venido a morir. La cuestión es que el agobio que procuraba darles a ustedes, queridos amigos, con aquella idea recurrente de morir, resultaba muy diversa de mi pretensión real. Es decir, he aquí la teoría del iceberg. Es verdad que todo chiste tiene su posición, y el agobio constante que les he procurado con el tema, no era más que la fachada visible de un témpano de hielo que allá, en el fondo, debajo de las aguas, escondía un plan, pero sobre todo un sentimiento real y profundo de total hastío por la vida.
Pero todo chiste se acaba cuando te toman en serio. Así que el amigo reciente que el jueves me salvó la vida -sin que ahora lo sepa-, lo hizo llevándome justamente hasta la orilla de la carrilera, casi que hasta el centro mismo de la vía del tren. R me había dicho la noche anterior “no vayas al metro de mañana. Ve desprovista de tí, sin esperanzas. No dejes tus ilusiones en la carrilera”, y tenía todo para que fuera de esa forma. La euforia era más que suficiente hasta que el amigo reciente acabó con su rastro -pero no piense que es porque se trata de Ud., ya sé que suele ser muy chulillo, eh?-. Es que pudo haber sido él o cualquier otra persona, justo alguien que no me conociera lo suficiente... o bueno, no se ofendan, pero sé que ustedes, queridos amigos, tampoco me conocen lo suficiente, aunque para muchos resulte demasiado predecible. Podría haber sido él o cualquier otra persona que no se internara en ese código de intensiones limitadas y palabras que hemos mantenido entre ustedes, queridos amigos, y yo. Y acabó con la euforia tomándome en serio, poniendo el dedo en la llaga. Y me hizo volver sobre mí y el fondo del iceberg, y me hizo hablar, al menos intentarlo, y me hizo trizas la euforia. No por él, sino por mí... que soy muy inestable, y que cualquier propósito y sentimiento me dura tan poco. Así que el tema se me volvió personal. Salí a la lluvia con algo que me faltaba -la euforia con la que había llegado- y con desconcierto. Me habían tomado en serio! Diría casi que literal! E al diavolo.
Así que fui a la estación de metro, aunque en principio no quería entrar, porque sabía que no era así que debía hacerlo. Pero la lluvia no mermaba, y tampoco sabía dónde ir. Entonces fui del modo totalmente contrario a como R me había dicho, y yo sabía desde un principio que era un error, un error que tampoco tenía remedio. No hará falta que comente a ustedes, queridos amigos, todo lo sucedido dentro de la estación. De momento se cae la señal del relato puesto que a esas profundidades no llega señal de nada. Baste decir que no había estado tan cerca de la muerte en muchos años. Y nunca de esa forma. Sí, porque no sólo ustedes, queridos amigos, ignoran lo que allí pasó. Incluso Ud., amigo reciente, no sabe lo que allí pasó. Todos ustedes, queridos amigos, tienen un antes y un después. Un entrar a la estación desconcertada, perdida, y un salir de allí tembloroso, llena de pavor, en llanto y gimiendo por las calles, y con la clara idea -al menos por entonces- de que necesitaba ayuda, que precisaba hacer algo por mí.
Sin embargo en los días sucesivos fue peor, mucho peor. Ya no tenía el pavor de ese jueves al salir de la estación, pero sí un vacío que no lograba habitarme, ni siquiera él. Desde entonces todo ha sido la aceleración temporal del péndulo que son mis ánimos. Un desequilibrio constante. Un día querer vivir para escribir, escribir para no suicidarme, y al otro abrir la ventana y ya no más palabras. E al diavolo.
“Escribir no es más que un mecanismo. Pero debo advertir que no soy lo que aquí está escrito. No, soy mucho peor, mucho más frágil“, registré ayer en mi “diario” personal. Hoy no lloré pero me dio taquicardia. Y la tuve toda la tarde. También volví al metro, como todos los jueves, parece ya una costumbre. Fui hasta Re di Roma, desprovista de mí, sin dejar las esperanzas en la carrilera... al menos aquellas esperanzas. Oggi ho scrito la prima pagina di un romanzo e non so di cosa si tratta, ma so che mi aspetta un anno di ossessione, al menos el año que comenzó hoy -debo decir, ayer- y que no sabemos si se termine mañana.

Nunca me había sentido más perdida y extraña, y nunca tan capaz de todo, de vivir y morir en cualquier momento. No sé si nos volvamos a ver, queridos amigos. Y lo que digo lo hago con la ambigüedad de nuestros lenguajes. Lo que no sé es si mañana me salte esos códigos tácitos y, de paso, salte hacia alguna otra cosa. Pero como sé que ustedes, queridos amigos, me esperan, no puedo más que pedirles perdón si eso sucede. E al diavolo.

Adiós.



Viernes 3 a.m. - Serú Girán

Publicado por Lizeth en 8:10

viernes 24 de octubre de 2008





De repente fueron sus pasos, la sombra que se escapa, la luz que se enciende anunciando el acecho o la premonición. Y baste cerrar los ojos para ser una carrera hacia algún fin, en el que se sobreponen mapas y ciudades, y no poder hablar, y no poder saber donde está la promesa de volver. Entonces eras tú, abriéndote paso entre maletas, como una imagen lejana de recuerdo, fugaz y difusa. Y el crujir de la madera continua, y los ojos hechos negro entre los párpados, colonia cansada, grasa en la piel. Despertar hacia las nubes con persianas, y un vuelo que se va, y gente que regresa, o que parte sin volver, mañana lo sabremos. De nuevo un paso más certero y decisivo, ya sin el oro del corazón que te proteja, ya sin el miedo que te espera en la ventana; porque son otros los muertos y otros los suicidas. Ya no la escalera, ahora tu ventana, y una V de venganza que se despeña ante tus ojos. Escabullirse del cadáver, de la sangre fresca en su cabeza, de eso que ahora es él, desconocido, desespero de vísceras y pavimento. Y el golpe ésta vez fue mucho más fuerte, aunque los ecos de la calle lo disipen, aunque el calor acumulado lo acompañe. Devenir en un nuevo cruce de pestañas que ahora es él, ese otro lado del deseo y las palabras, ahora hablando de su viejo, de su madre y de su hermana, seis años mayor, un 30 que se ríe en mi cara por no creer los dones que poseo. Y yo me defiendo, soy coraza y muro, soy cerradura oculta por la llave, ironía, y palabras que destrozan. Ahora algo cede, algo muta de lugar como un correr suplicante de silla o piedra contra el suelo, o mueble de una historia siempre ajena. Otra vez el cielo con persianas ahora blanco, hecho algodón de azúcar, que se escapa al paladar, que se instala incómodamente en el tacto, para permanecer en su sabor de nada, hecho anhelo y posesión ilusa. Del fondo vino como una gran gota, que no es agua en ese cielo blanco de persianas, ni el azul cobrizo del que cae, ni es sangre coagulada en su cabeza y en mis manos heridas, dolorosas, que buscan números y teléfonos para llamar. De momento todo es silencio aquí adentro, como de tierra los pies de la que falta, y vuelve, por conmiseración, por no ser culpa y dolor de su partida inminente, intuida, sentida; por ser pies limpios después de una tumba cavada. Una puerta se cerró furiosamente, y de sus ecos un silencio que se acaba. Ese cielo con persianas ahora nieve, con azules pintados y de goma. Un veloz vuelo de paloma, ya no el lento regreso del que huye. Cerrando, cerrando los ojos puedes ser tú en la cocina. Y la dicha de tu amor en la casa de mi infancia, y el deseo y las palabras sentado allí en la mesa, y una amalgama de ustedes y sus nombres, y un partir tuyo, un reclamo sin miradas, mientras se cuece helado mi corazón de fuego. Ya está más cerca, la sombra aguarda junto a la entrada. Le diremos que siga, que no espante, que no ronde ya la cama pues no sé como abrazarte, y guarecerme en con este miedo erizado, llorando un poco en el delirio, yéndome al lugar que nunca sé, para que me llames, y no escuche, pero vuelva al final siendo yo sin creerme, y dotar mis dudas de voces y nombres otrora escritos. Avanza de nuevo y asoma su cabeza, mientras mi mirada de cielo nieve con persianas y paloma ahora es blanco cuadro de madera, el que te daba miedo en las noches con sus luces, cuando la distancia era otra cosa: un catalizador de promesas de reencuentro. Aguarda allí en la puerta el centinela funerario, que no sé quién es y tal vez no importe. No me interesa la reconstrucción de sus historias y tragedias, pues todo se escapa en la ventana, la V, la tapa de una pluma, pero yo no... no ahora. Tierra en los pies y los zapatos, cumpliendo la orden y el destino de verle morir. Con fuerza quiso ser luz y oscuridad, negándose al designio de mis propias desiciones. Quiso ser ronda en la sala, donde disipaba la rabia y el dolor, acurrucada en el rincón, sostenida en la pared, allí donde lancé anillos y cadenas, que volverían a mí, sólo por amor, sólo porque no te fueras, aunque no estés, y sea todo más complejo e insípido, usual y pueril, un perderse en la espiral de tus encuentros y emergencias, y ser otra vez yo, como antes, yo negada, yo oculta, yo que no soy yo, otra vez, putos recomienzos. Una gaviota al norte, otra al centro y al sur del desamparo, en ese nubes y persianas, tarde y lluvia que no sabe, que no llega, que no está para ser agua, al menos aquí, de este lado del mundo, en el que me confundo ya por visión, ya por sueño. Y ceder a los placeres infantiles, a la excitación de estar sola, de los reproches descarados y la culpa aciaga; que el tacto no queme la piel, ni vibre las entrañas, como en ondas que suben por el pelo, y yo, Talita, gatita de rincones y de alfombras, dormida en una mesa de cocina, o café con azúcar en la mano. No, tener que socavar en los verdes de las velas, y los jabones, los techos y el papel de colgadura. Ser Helénè con toallas de colores, e instrucciones en la cena, libros y supositorios -como Talita, un poco, por oficio-, y humo, tranvías y muñecas, el todo estará bien, ahora quítese la ropa, no dolerá tanto, no durará mucho, y que se muera, carajo, que se muera, y sea como él y ella como yo, puta vida como yo. Y las demás eles perdidas, en nombre del amor que se va, de la amistad que naufraga. Lile asesina, muerta, resucitada, vapuleada, vengativa, inexistente. Juego y teatro, vestiduras moradas el día de las piedras y la lluvia, Andreas Salomè. Lil demasiado yo, demasiado simple, demasiado amor, piel de melocotón. Demasiado niña, demasiado yo. Tú que diste encierro a tu corazón, Allegro en esa caja de madera, yo tendría que hacer algo por mí, pequeña de manos cruzadas, tiza y números. Yo que la sigo, vos sabés qué es lo que digo... vos sabés y tal vez no importe, y sean esas otras, musas y heríneas, quienes deban protegerla del dolor y de la ausencia, contradictoriamente, comiendo los rastrojos de su corazón autógafo, aves de carroña del osado Prometeo. Una grieta a la derecha y a la izquierda, y un oscuro en los marcos de la puerta, y un silencio que se hace silla, ascensor, prisma de maya en la ventana, para ese mismo cielo nieve y de persianas, "ese cielo azul que todos vemos que no es cielo ni es azul".

Tríptico (Muchacha en la ventana)

Publicado por Lizeth en 12:00

sábado 18 de octubre de 2008

Una pluma puede ser una Mandala,

El 18, los ojos que se abren,

Un oro expandido en las pupilas,

CS regado en letras negras...

Y una voz: -Talita, Talita Kumi.

TRÍPTICO

(Muchacha en la ventana)

I

El sabor de cada brizna busca la forma de perpetuarse en mi boca,

como si quemase algo desde dentro,

como si fuese una la que se consume,

la que se lanza encendida al vacío

y luego es pisoteada para poner fin a la consumación.

Entonces eras tú y tus restos,

la mixtura blanca y gris de tus huesos diseminada por el suelo,

tu destino impreso y perdido ahora ya confuso,

allí en la taza blanca que fungía de cenicero.

Y sólo basta volver al fuego para recomenzar,

para volver a ser deseo y consumación en sus dedos y su boca,

y al final perderme y reducirme a cenizas

mientras me instalo en el hálito de su respiración.

II

En algún lugar del prisma del recuerdo hay imágenes refractadas de algo demasiado antiguo. Cada impacto se traduce en una dificultad para respirar, en sus manos apretando mi pecho buscando oníricamente el corazón. La sensación del olvido se hace corredor a oscuras, la necesidad de que el tacto llegue en profundidad allí donde los ojos se cierran para sí, y confunden cada cosa y su contorno. De modo que ver es sólo una constante sensación de espectativa, de ruidos que entran en disonancia con los golpes del corazón, es el miedo de cada segundo como un ejército pesado del tiempo, de cuyas ráfagas escapamos por una suerte de instinto de supervivencia. Tu rostro como una mueca familiar que deviene polvo y sustancia etérea, la náusea del que se siente parte del bostezo universal. Hay un Aleph en el estómago que va girando, devorando y generando su propia existencia natural. Ya no hay sentido para el delirio de verte; sería necesario constreñir ese gran hueco de la nada que se congrega en el centro de la propia humanidad; que el mareo fuese una forma de intuir la realidad que nos permite escapar del impulso de mirarnos las manos y saberlas nuestras, develando una esencia verdadera y no el sueño cruel y confuso de una bestia.

III

Esta figura de mujer te ha sido usurpada. Por haberme expulsado de la paz de la nada a este entramado de encuentros, redes químicas y mentales de vida y huesos. Si tuviera que hablar de mis silencios y confusiones me remitiría a algo que no es siquiera un recuerdo. No sé bien si te quise... porque la sangre juzga pero no crea los sentimientos. Pensar en tu nombre es remitirme de modo cercano a la sensación de huerfandad, el sentirme especial por aquellas circunstancias. Quizás no te dejé ser más cercana, sentirte madre. Mis miedos se resolvían detrás de las piernas de papá, que en su lejanía fue la imagen más allegada del afecto. Nunca he pensado detenidamente sobre esta forma natural de relacionarnos... en el hecho de tener una madre. Haz valido como argumento para las rarezas con que he concebido mi forma de vivir, pero no te siento instalada en en el confín de mis afectos. Es probable que me haga falta una voz, una expresión más clara; un llanto, una queja, una caricia. Por ello las mujeres me han sido tan lejanas en humanidad. Mis afecciones sentimentales no tienen tu nombre, ni tu olor... ni siquiera tu locura. Pero en cambio mis delirios son todos tuyos, y mis muecas y formas femeninas. Verme en el espejo mientras lloro es una forma de tender un puente entre mí y tus debilidades. Revelarme en tus ojos es tener un poco de tu vida aquí conmigo, de esa mujer que en el fondo he querido ser, por decir algo más de tí y de mí, por ser hija tuya, vástaga y puta, miña que extraña el roce de tu peine por mis cabellos largos. Ni siquiera recuerdo las formas del miedo que representabas, ni la encantadora locura de tus herencias. Vendavales con fotografías rotas son sólo las impresiones de tu historia... y cuchillos en el aire en la oscuridad, y cuerpos desnudos enrollados en sábanas de sangre expuestos al sol, y ahogos purpúreos en tus pies y tu rostro, y escaleras, saltos y vacíos.

Demasiados muros entre nuestras historias personales. He tenido que (re) construir el rompecabezas de tu pasado para hacer más interesante mi vida del presente. He tenido que desconocer lo justo sobre tí para poder nombrarte a mi antojo, con las ambigüedades y términos que me placen. He tenido que deshacer tu nombre para llamarte madre, para no cortar ese cordón umbilical que me ata a tí desde mi recuerdo primerizo. He tenido que hablar de tí como de mí para asumir la posesión que haz tomado de mi cuerpo, la evidente cuando dejo la imagen que tengo de mí misma. Ha sido preciso actuar como si fuese tu zombie, sonreir cuando me dicen que soy tú con menos vida y menos acostarse.

Tu forma más perfeta y defectuosa, una extensión de tus recuerdos y tragedias, la justa disipación de tus perturbaciones. Hay tanto de tí y de mí en todo esto, que resultaba imposible encontrarnos para el mismo tiempo y las mismas circunstancias.

Me cierro sobre sí porque no soy yo quien tiene el control de mis formas sensibles. La forma de individuarme, de inventar un modo de ser desligado de tí es esto que digo, los inefables velos delante de mí, las infranqueables puertas. La forma más natural de sentir y vivir sería aceptarme como un sustrato de tu existencia, de esa debilidad de antes que devoró tu cabeza. Pero resulta sufrir demasiado, algo como no haber aprendido a vengar tu nombre. No es que quiera desacirme de la historia, pero a veces hace falta pensarnos más allá de lo que fue, de lo que ha quedado como herida necesaria en la piel, en valer como algo más que una historia mendigada de tu ser. Sin embargo, en el fondo seré tan débil como tú, y cederé a las caricias en el pelo y el cuidado a la luz de una vela. Seré esa simpleza que hace de todo un nexo significativo de universalidad, la amante de las muñecas rusas, la cartomante, la fumadora compulsiva, la misteriosa, la niña aferrada a las figuras de papel, la de las paredes blancas y la tinta roja, la que emerge del agua, la de los temores a las sombrillas negras y los sonidos estridentes, la del manto blanco en el espejo, la ausente, la irreal, la insomne, la que gime y desespera en las madrugadas, la que canta y corta sus venas y quema su dedos, y es torpe y vapuleada por el deseo, y bañada desnuda públicamente, y violada, y madre frustrada, la mística de uñas y cabellos largos, la que danza y fuma de locura, la que acusa a los bastardos, la que peina y corta sus cabellos, la obsena, la que bebe, llora y todo lo lanza y lo quiebra, y se arroja a los carros y ríe socarronamente en las fotos, y guarda relojes, hilos, cadenas y cajones ocultos, la que vive del pasado y el recuerdo, la que entierra a sus muertos, la entrelilas, la pequeña centinela del cirio blanco, la endechadora, la que se afecta con las ficciones y las confunde con su vida, la que se pierde en caminos difusos, la amante de la noche, la del corazón como una tela traslúcida, la intuitiva, la disidente, la huérfana, la confidente, la ascultadora, la deshecha, la que cruza esquinas y se hace humana con el estómago vacío, la que no llora picando cebolla, la que odia los sábados como los viernes santos, la clarividente, la hija de La Reina Loca.

REFRACCIONES

Publicado por Lizeth en 5:58

lunes 29 de septiembre de 2008





Durante esos meses se dedicó a fragmentar sus realidades: naufragar a los amigos, sublevar el amor de su padre, horadar en las virtudes de su sexo, aprender a hablar con otras voces y palabras. Sus duelos hicieron parte de esa expiación lejana, territorio necesario y fertil para el olvido, al menos de sus apegos del pasado. Pero no contaba con la memoria como esa tira de algodón que se estira y se deshace, se congrega en retazos dispares, se pierde en el suelo o el bote de basura después de curar las heridas, o remover el maquillaje pesado ocultador de imperfecciones; esa que se contrae con el agua hasta la incomodidad y la insignificancia, y se pega en la piel y en los dedos con pequeñas tiras blancas. No se trataba simplemente de reordenar el espejo roto de su vida, como tratando de recomponer la mala fortuna de esos siete años que se multiplicaban con cada día de contempleación y respiro; ni caminar con cautela por entre los cristales rotos a fin de no herir sus pies -grandes y planos- con los restos de su cotidianidad. Quizás el único error consistía en dar demasiada importancia a las cosas, y de ahí sus obsesiones: escuchar más de veinte veces “hoje eu quero sair sò”, marcar un mapa de Roma con la cartografía de los sucesos más simples y determinantes de las vidas ajenas y luego ir en su búsqueda a fin de captar el aura del lugar, dilatar el tiempo haciendo todo menos lo necesario y urgente, empeñarse en Vila-Matas como un mentor de ciudad, coleccionar separadores de libro, salir en búsqueda del S.P.Q.R., dejar la intuición a la merced de un sentido por día, dibujar ojos, rostros, árboles, agua y una mujer que se ahorca, ante cualquier cruce eventual de tinta negra y hoja en blanco, llenar de vórtices y hojas los espacios entre letras impresas, cargar la Rayuela en su maleta con una convicción de Biblia, buscar números en sueños, libros, figuras sobre el suelo, autobuses y calles para sentir la justicia divina de su mundo literario, en el que ella es el Golem y él -el Sr. C- el arquetipo de Dios, pedir letras y números para buscar los nombres del pensamiento, apostar para ganar, pero sobre todo para perder como si fuese el espacio de las oportunidades que dan las caras de una moneda, mentir con inconsciencia y sin control -como una herencia fraterna-, hablar como único recurso idiomático, callar, desconfiar, imaginar muertes, quedarse viendo el río mientras camina y conduce los sucesos venideros con la voluntad de la mente, caer en el juego de las gentes y sus incidencias -aunque nimias-, planear como oficio pueril y contradictorio que avoca a aquello que justamente no ha de suceder, volver sobre sí y el inicio de sus ciclos con terror y Pandora en manos de cronopio, con los ojos llorosos, en situación lastimera para sí, siempre brillante y envidiosa ante los demás. No comprendía por qué aún se engañaba con resoluciones de la vida, por qué se empeñaba en teorizar y que los demás le creyeran -tal y como lo hacían-. Momentáneamente resultaba placentero ceder a las casualidades de ojos verde aceituna, verde miel, verde profundo, aunque en la cocina pensara en vidas y sentidos, en el amor declarado y consabido como última esperanza o sentimiento más ajeno... no podía evitar ver en sus ojos restos de muerte, cenizas de un humo lanzado en el abril de las desgracias, abril que los trajo ante los mismos límites para palparse ilusioriamente através de un cristal. Apenas ayer le habían dicho que su rostro no era más que una mueca de su madre, y sonrió para sí -como parte de esa mueca-, y no pensó más, pues hacerlo suponía someterse a otro tipo de herencias tormentosas. A las pocas horas, en ese mismo espacio casual, tuvo un déjà vu mientras bebía cerveza y miraba la ventana, en un día de sol, ante el mantel a cuadros, verde, como las servilletas, y las hojas, y los ojos.

Vos (z) pasiva

Publicado por Lizeth en 8:31

miércoles 24 de septiembre de 2008






La técnica consistía en citarse en un barrio a cierta hora.
Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse.
Julio Cortázar- Rayuela, Cap. 6.


Me bebí sus ojos verdes después de confesar mi gusto por el mate, el tango, el asado, Fito, Charly y Spinetta, Cortázar, Pizarnik, Orozco y Ocampo, y una suerte de lamentable ego porteño -y que nos gusta-. Me enseñó a hablar de vos mientras hacía evidente mi manía por el pensamiento, mi ánimo suicida (no) heredado, mi oficio diletante y esa mixtura de lenguaje mío que huye de las boludeces. Dejó caer la Rayuela -con intención, casualidad y un poco de olvido- a favor de la desgracia dada en mi nombre -pese a la ausencia del amor, y de autobuses que arrollaran-. Quizo llevarme hasta el centro de la vía, a Napoles o a Sicilia, a vos y mi cadáver, con ese acento que parecía igual cuento, 62, Paris o BAires. Y yo imaginé que él hubiese querido llorar, que entonces yo jugaba a ser Talita -la zombie de la Maga-, y que por eso coincidimos en ánimos, sentidos e idiomas en tres horas y media.
No ganaba nada con preguntarse qué hacía allí a esa hora y con esa gente [...] la gente que no era más que una nimia incidencia en el lugar y en el momento. Y daba lo mismo saberlo, su vida había girado ya lo suficiente. Podía estar encerrada y hambrienta sobre sí y sus paredes de cartón, llorando los ausentes -reales y sentidos-, y al día siguiente sacarse la lotería en sueños reales. Ir a la cocina en busca del cuchillo para cortar las venas y en unas horas secar las lágrimas de la cebolla picada. Hablar italiano con fluidez y manejar torpemente su lenguaje corporal. Contemplar en el espejo sus zapatos nuevos y caer en la noche con las heridas, esquivando autos y adoquines, resvalando, cayendo en la tentación, riñendo con las calles y también con los zapatos. Olvidar el dolor mientras baila y divagar en el piso con ánimo atento. Romper corazones, ser vidente en una noche, y ver llover mientras come pasta, como si fuese una costumbre olvidada. Sentir que le falta el aire, que la acosa el calor del día, y temblar con la piel eriza por el viento que la toca salvajemente. Mandar las palabras al carajo por treinta segundos, al igual que la historia, y las sabias ideas de conveniencia aprendidas desde niña. Apostar sin más, jugando a perder, arrojándose al vacío como si fuese una misión, aunque lo diga Fito.


-“Lo importante es no creer lo que se escucha“, dijo dejando caer el libro sobre el pavimento.

Se quiso sentir hija de puta para luego reflexionar que ella era “la más puta de todas las señoras”. Habría de llamarse Magdalena, pero si no fuese por la L no habría jugado a cíclopes y apuestas, ni indagado por los dragones rojos. Ni siquiera habría mencionado los episodios más tristes de su vida -los que por tradición son tristes, no los reales, los del alma aún eran una veta-. Todo parecía recomponerse como una pintura pálida y feliz, sobrepuesta en los viejos muros. Entre tanto un miedo mortal la seguía, le preocupaban las hendiduras, el hábitat milenario de los alacranes, esa balanza débil que eran sus equilibrios.
A Lile la habían matado una mañana de domingo después de confesarle que no dormía a causa de su intromisión en los pensamientos ajenos. Lile quizo jugar a ser buena -pensó-. Lile quiso amar -intuyó-. Lile quiso dormir y guarecerse del frío -agregó-. Lile quiso ser perspicaz, no sentirse usada, tantear el terreno y abandonarlo a tiempo. Pero ya no eran ni sus horas ni sus días. A Lile la mataron de repente una mañana de domingo. Se enfureció con él, y más consigo. Trastavilló y lloró, y llamó, y colgó. Notó también que en realidad estaba en coma, que aún le quedaba un resquicio de vida; cigarrillo que se fumó y lanzó en llamas por las rendijas del importaculismo. Después se alivianó y pensó que le quedaba una pequeña vástaga, más dulce y perfecta, que veía en los puentes y avenidas recuerdos de su ciudad de infancia, coherentes con su limitada visión de las cosas. No había nacido por gusto y tampoco la había parido con pleno consentimiento racional. En realidad hizo el amor -como verbo- y luego le llamaron Lil. Sin la e del qé, sin el è, y el e -que es y conecta-, sin ese e de ella y él, se entregó a las dulces emociones de la vida. Aunque duró poco... abandonados todos los es y e, gramaticales y posibles, se quedó con el único respiro de su primera persona del singular. Ella que había preferido los plurales, a modo de conjugar los verbos no reflexivos, de quedarse con acciones puras y compartidas.
Y era argentina, de algún modo, como él. Me había decepcionado de mis erradas apreciaciones sobre el 62, de buscar una ficha que no debe encontrarse, e igual recibir la muñeca rusa, la que esconde en su vientre igual gasa o una carta que no llega, y la que arropa y duerme como en un ritual de verdes y desnudeces. Quedaba aún el 56, y el 18, el 7, el 6, el amor... esa palabra, los fines, los centros, el vos, las notas sobre el libro con la pluma amarilla que fungía de separador, y que guardé por la imagen que me evocan los colores y las plumas: Marianita y los desamores de infancia. Las letras sobre el papel para no rayar la Rayuela, las del libro hechas de tinta negra y no de tiza. Mejor sería el lápiz, pero no me gusta. Por ende no el carbón, y no la soda.

-Entonces no sos argentina.

Igual estaba el 105, y las puertas que se cierran, y los riesgos de jugar a encontrarse dilapidados por la ventana.

Autofagia

Publicado por Lizeth en 6:54

Las cosas no se saben iguales, excepto aquella antigua manía de perder: la cordura, la estabilidad, la cabeza, el alma. Yo no puedo evitar dolerme y hacer de esto una expiración, como un suspiro que ya quiere irse. Pero el amor te ata y te duele y te abandona al mar furioso en el que preciso al menos algo para salvar mi vida... si quisiera salvarla. No basta dejarse ahogar, los sentimientos son de dos caras. Hay dos formas de perderse en los oficios: una con pasión y otra con mera aceptación. La diferencia no está en lo que se hace; resulta ser un tema de fondo. De qué me sirve cuidar las esperanzas si el estómago y el corazón no dan tregua. Me recuerdo una vieja historia de Paris en el 60: Mentalmente me siento libre pero digestivamente vacía y melancólica. No hablemos más del asunto: no es de pobres tratar de la pobreza. La mente libre se repliega sobre el alma que no sabe qué hacer consigo misma, y quizás ya no espere hacer nada. Lo que aprieta el cuello es el avocarse a la nada, una espera infinita de algo que no existe. Si al menos tuviera un laberinto, si al menos quedara un árbol tras el que pudiera guarecerme, si al menos hubiese algo a tu espalda que buscaras, porque lo necesitas, porque te hace falta. No, yo no puedo evitar dolerme, no puedo. No puedo evitar ser la “ragazzina” llorona, caprichosa, la muñeca que quisiera pincharse los ojos para no ver, para no abrirlos más, a cambio del vacío que contempla día y noche. Y entre tanto, todo marcha bien. Se aferran, se pierden, se ausentan, enlazan sus miedos a los oficios felices. No puedo, no puedo. Quisiera confiar en algo que haga del silencio la espera justa, pero todo se transforma en manos vacías, en perderse en la oscuridad, en verte partir, cada vez más y más lejos, sin siquiera una promesa de volver. Quizás no valgan las promesas, quizás sea justo anularlas. Y yo sé que no tengo más remedio que quedarme en el mismo lugar y con los mismos sentimientos, porque es lo único permanente, aunque la espera me carcoma y el hambre no descance. En la mesa me siento banal, encarcelada, humana demasiado humana. Podría optar por tragar mi propio corazón y solucionar dos problemas de una vez. La boca y los ojos se me hacen agua, por motivos diversos, y patéticamente enlazados en esto que soy yo. Dormir y soñar sería lo más viable, pero tampoco logro conciliar el sueño. Trato de alucinar entre ruidos y es fatuo. Los sabores se transforman en anhelos, al igual que los afectos. Los olores me hacen vibrar el estómago; los rincones de este lugar, estas cuatro paredes, me brotan como lágrimas, y creo que después de luchar conmigo y mi propia supervivencia, sólo hay un hecho que parece inminente: te amo hasta el dolor, hasta que se arranque el alma, hasta la propia destrucción y fustigamiento. Te amo como recuerdo, como presente ausente, como futuro de Pandora. Y espero... de algún modo, sin hilo y sin agujas.

"Escribir palabras, perder recuerdos"

Publicado por Lizeth en 22:51

sábado 2 de agosto de 2008

Pero no hagamos ya más literatura. Por este mismo correo (o mañana) te envío, certificado, mi cuaderno de versos, que guardarás, y del que podrás disponer para cualquier fin como si fueras yo mismo. (...) Adiós. Si mañana no consigo la estricnina en dosis suficientes, me arrojaré al metro... No te enfades conmigo.
Mario de Sá-Carneiro (en carta a Pessoa, 31 de marzo de 1916)

Después de dos meses de una Italia recreada para los imposibles del amor y el sabor de Roma desde sus ángulos nocturnos, sin el sopor de los días de verano y a cambio la bruma tenebrosa de la noche, sonido de tambores que requiebran la cabeza y el cuerpo, embotan los sentidos y el hambre, llaman la pasión, llaman el sueño, quedan las perspectivas de la soledad en una ciudad que no se sabe igual a sí misma. Espacios vedados por el recuerdo y la maldad, más al norte -el que supongo mi norte- se llena de arrepentimientos y sabores sexuales. Pero queda el centro y bien se sabe que “en el centro del vacío hay otra fiesta”. De modo que la colcha de recuerdos, desasosiegos y nostalgias no es otra cosa que la cartografía del amor que se recorre de un lado a otro, como escondiendo tras de sí el nombre del alma del mundo. Entonces se me ha dicho que debo permanecer unos meses más aquí, como salvando los anhelos de una cercanía necesaria, porque me aturde la ciudad de antes, porque Bogotá sabe mucho a pasado pero uno extraño, que pareciera agotarse y no. O quizás fuera que Roma se me presenta grande y majestuosa, y una ciudad así no cabe del todo en el alma, siempre genera el reto de tener sed de ella. También media -no lo pongo en duda- el moverse con cierta familiaridad citadina -propia de ese aire latinoamericano y el de todas sus ciudades- por entre un mapa de cemento, piedra y marmol tan de libro de historia. Y no hemos de olvidar el idioma y esa cierta manía a sentirse extranjera -por lo menos de verdad-, desde las propias legalidades del lenguaje. Eso es, en suma, apasionante. Y salir al río, y tener la Villa, y tener los puentes, y la noche en una sola, y las historias, y las fuentes, y las iglesias, y las estatuas, y las callejuelas, los escudos, las plazas, los obeliscos, las ruinas, los locos, los tambores, las siglas, el expreso, el tranvía, los travesties, Trastevere, las tiendas de ropa, El Coliseo y el Pantheon, los caminos de Roma, las preguntas, y una cierta memoria etérea que no termina de creerse su propia naturaleza.
Quedarse en Roma implica, sin embargo, muchas cosas. Yo me pregunto -a propósito de cartografías y de mapas, y de nombres escondidos y suicidas- si Vila-Matas también pensó en Roma para su mapa del suicidio, o bien podríamos llamarlo la mente de un suicida. Pero si bien Suicidios ejemplares podría ser “un libro de grandes suicidas que nunca se suicidaron” -como dicen algunos-, ese “viajar, perder países” de Pessoa y su equivalente “viajar, perder suicidios” de Vila-Matas, no sea otra cosa que aceptar que no hay más suicidio que vivir, así como sólo se pierde un lugar estando allí. Declarada y aceptada esta condición, asumo lo que será una pérdida mayor o un lugar para no morir -al menos de modo fáctico-. Ahora bien, planteada Roma después de Kamo, a modo del “amor después del amor”, queda el verbo y la conjugación en todos sus modos posibles. Algo como un efecto post-orgásmico o post-mortem: recoger pasos, mantener silencio ante la calma, pensar, volverse sobre una misma a modo de recriminación o juicio final. Sí, el sexo es como un suicidio; “acostarse, perder personas”. È così. “Roma después del amor” es el nombre del capítulo de estos meses. Entonces me queda “escribir, perder recuerdos” y aquí hay material y algunos meses de permanencia para hacerlo. Parece que ya no estaré más sola con los fantasmas de este lugar, agosto es la tregua de los espacios conquistados y ahora tendré que moderar y modelar mis comportamientos. Pasaré mucho tiempo fuera: la práctica no dará espacio y quizás continue estudiando un poco de arte. Trabajar también parece una promesa: no es tanto el hambre; el estómago resiste quebrantos que el alma débil no contempla, y más si se trata de afectos paternales. Hay que cuidar al viejo, mi viejo... mi querido viejo. Promesas académicas: todas, las de siempre. Libros por leer, creo que invertiré un poco más de dinero y tiempo en eso, ¡más! Pero escribir nace como una promesa y una necesidad de este lugar común. Por alguna razón -cuando quería perder vidas- me encontré en la red con Vila-Matas. Entonces el conjuro Satam Alive me guió y me llevó a la biblioteca (!cómo extraño la BLAA!), siguiendo el rastro de esa cartografía de pérdidas. Lisboa era entonces para mí muy cercana, de modo que Suicidios ejemplares fue para mí una revelación muy personal -al estilo de 62/Modelo para armar-. Me permito creer, ahora, que entre mapas de vidas y pérdidas una siempre terndrá el recurso literario; bien lo diría Vila-Matas: “en algunas ocasiones como lector he encontrado más intensidad en la lectura que en la vida. Es una cuestión de intensidad”. Diré que encontrarme una tarde en la red con el Satam Alive y hacer proyectos de pérdidas anticipadas con los lugares comunes del relato, no fue gratuito -al menos no para mí-. Yo venía de una ciudad presa de inseguridades y vidas falseadas, de triunfos, academia, y linealidad fáctica. Esto no es otra cosa que tiempos: para cada cosa y lugares para cada una. Pero sólo cuando una se decide a perder empieza a ganar y a seguir perdiendo. Equivale a la ruleta rusa, al casino de la propia existencia: apostar es mitad perder y mitad ganar, y esa dinámica termina llevándose todo asomo de sensatez, se convierte en adicción. Yo había tomado, por entonces, la opción de apostar (siempre al 9 negro, siempre). Todos empezaron a huir, Europa siempre ha parecido más promisoria. Pero Roma no estaba, en ninguno de sus sentidos. O quizás sí: mitad sí, mitad no. Yo creo tener una maldición con Salamanca, probablemente porque habitarla me supone la tentación de Lisboa y a la muerte le sienta bien la tristeza leve de una severa espera. Estableciendo saltos literarios, se han ido destapando fichas y cartografías de palabras -y números, como no!- 62 parece haber cumplido su ciclo prístino, por ahora. Los números no son el misterio momentáneo; aguarda entre tanto el espacio detallado de los lugares. Por ello no es casual la obsesión de Cortázar con las precisiones espaciales. Las historias cambian en virtud de los lugares; los entornos condicionan las vidas y las muertes, y las pérdidas, también. “Viajar, perder países”, “Viajar, perder suicidios”, agotar todas las formas nobles de muerte. La propuesta es tal: desvelar el relato, dejarlo en su forma más simple y pura: quizás un entramado de calles y vías. Roma es circular como su nombre y perder sus letras implica escribir sus historias. La promesa es sentarse en la banca a mirar el horizonte, sustraerse a los ojos blancos del cuadro de Rosa Schwarzer, contar la vida después de la penumbra de la desaparecida, dejar que las siglas cuenten sus historias -las de la calle, las que te buscan-, jugar al cansancio -escribir al que escribe, observar al que observa, a modo del lector de Vila-Matas que sigue al hombre, que sigue al hombre, que sigue al hombre que cuenta historias que no son suyas-. De modo que este blog pasará de ser un cúmulo de lamentos a un mapa de lugares, los que lleguen y estén para ser perdidos. El objetivo no es otro: narrar ciudad, suicidar a Roma, “escribir palabras, perder recuerdos”.

La suerte está echada*

Publicado por Lizeth en 14:34

jueves 5 de junio de 2008



Ni bueno, ni malo. Por suerte la moneda tiene dos caras; aunque encontrar la mirada en una implique, indefectiblemente, negarse a la otra. Sin embargo, no hay duda: todos tenemos una historia que contar. Soy Lizeth León, colombiana de nacimiento, errante por destino, silente por elección. Mi edad no importa, nunca importa. Sepulté a mi madre a los nueve, y a mi hermano hace dos. Abuelos no tengo más que en la imaginación y el recuerdo ajeno; sobre todo mi abuelo paterno, quizás por herencia mental o el amor a la utopía: la suya, la real, el periodismo. Ema, la argentina, la abuela –si le cabe ese adagio- legó por su parte genes de locura. Esquizoide emigró a la Argentina de mis días pasados, a la suya, que seguro también fue mía en épocas contemporáneas. Del lado de mi madre soy un poco egoísta y parcializada. No hablemos del abuelo… no se puede extrañar lo que no se conoce, lo ausente. Preguntémosle a la reina loca si le faltó su padre. En tanto a la abuela, qué más da! Al menos quiso a mi hermano, y yo le quise tanto a él que por empatía y transitividad le perdonaré a esta mujer muchas cosas. Pero afectos, en el sentido craso de la palabra, no los hubo.

Mi recuerdo más antiguo: la sensación del vientre materno. De ahí se sigue una cadena de episodios marcados por el terror y la accidentalidad… y claro, también por la locura. ¿Le narré el velorio de mi madre? C’est toute une historie à raconter. Fue la tarde septembrina en la que el frío caló en los huesos. Sí, el instante disipador de las 13:30 que me puso de cara a su alejamiento perpetuo, al sueño de mis noches temidas en el que cerraba los ojos, y se iba, se alejaba a ese no lugar. Sin embargo, no fue paroxismal. Maltrataba mis pasos de nodriza con aquellas amenazas mortuorias. Sabe que nunca podré y querré deshacerme de mis legados maternales. Que incluso el instante en la escalera me pesa como la torpeza que me hace caer indefectiblemente en ellas. Sí, mi caída incluso aquella última vez que pudo hablarme con las entrañas de una madre, a falta de fuerzas gravitatorias que la impulsaran de cara al pavimento el día de las amenazas. Sí, recuerdo eso y mucho más. Recuerdo porque de olvido no puede estar hecho lo que en la vida significó miedo y dolor. Sabés que cada noche en el espejo es una cita con tus ojos y cabellos de fantasma. Y quizás cortarlos sea para mí un desasirme de ti, y tus pasos de sombra. A diferencia de él, no he necesitado pedirle un poco de paz. Quizás hubiese sido suficiente el consuelo de clamarla como madre… pero ni siquiera puedo tener las palabras y los sentimientos justos para hacerlo. En cambio me buscó en medio del tumulto, y gimió para mí, con alucinado acento. Delirante te hallé viva en medio de la sala y nos puteaste a todos, y denigraste de tus vástagos, tus hijos. Y sin embargo, no fue suficiente. Aquella, su familia florida, también lanzó sus piedras en mi contra, como si fuese la Magdalena, como si tuviese un Cristo de espaldas. Sí, en vano pregunté por los senderos de Bab Al Mandib.

Literatura por pasión, filosofía por elección, periodismo por herencia, música por naturaleza inacabada. Escribo como insulto a la palabra. En realidad no escribo, plaño. Quizás por olvido, pero en verdad nunca lo logro. Entonces diré que por expiación de las culpas, esa es mi cita de siempre ante la hoja en blanco, como hoy. Le miré a los ojos, sin intuir de modo consciente. Yo sólo había planeado desaparecer, por mí, por una necesidad de silencio personal. Pero al final engaño, como la vida misma. Por eso no he de fiarme del todo, por eso siempre pienso que no interpreto de forma adecuada. La estúpida no sos vos, soy yo. Y aparte de estúpida, errante. Ah… fluir por la puta vida. Pareciera que el río que me lleva es de verdad, como diría Vallejo. Como el Cauca o el Magdalena. Probablemente el peso de nacer donde se nace. Mi relación con las aguas pausadas del Tevere o el Sena no es más que contemplativa. Hace un par de semanas era feliz, de modo simple y craso. Había decidido –no, no decidido-. Digamos que sólo me bastaba pensar en una letra, K, y llovía… y era suficiente. Pero el futuro todo está en el pasado, así como la absoluta tristeza en la absoluta felicidad. Las temporalidades me juegan malas pasadas, como los fantasmas, como la locura, como mi ánimo criminal no-per-se-, como mis pequeñas decisiones no planeadas, como el fluir mismo por ríos de miseria y mierda (como los ríos colombianos). Era tan simple como cerrar los ojos y pensar que sus manos rozaban las mías. Sí… tan simple como estimular a esta cardiaca que se le sale el marcapasos de tanto en tanto. Simple como único en su especie… el papel de la vil adolescente con luciérnagas de papel revoloteando en los lugares del hambre.

Y la miré… quizás no con la misma ausencia del jueves. Sólo con el escepticismo primario, por no dejarme engañar a causa de los sentidos. Se paga el silencio tanto. Seguramente por ser de oro y la palabra de plata. Yo había buscado las palabras justas, lo juro. Pero por mí, y también por ella… y por creer que tengo la dosis justa de bienestar para otorgar. Debo aceptarlo, no fui capaz. No podía decirle que la mujer de su sueño era yo. Que me sentía culpable sin querer –porque ese día no pensé, porque ese día sólo me embriagué, y lloré a mi muerto, y rogué, llorando, no estar en mi casa-. Olvidé mi naturaleza errante: no medir las consecuencias. Ah, es vano planear, es vano pensar en un futuro inacabado, lo justo sería fluir. ¿Y qué? Dejar que la vida me haga puta y malvada.

Sólo una promesa intelectual. También un pretexto protocolario: su cumpleaños. A mí esas fechas siempre me sirven para pensar en que las cosas podrían ser como una las piensa. Pero no. Lo malo de la vida es que no es lo que creemos, pero tampoco lo contrario. Un café. Mi buena amiga Diana me ha advertido que un café es siempre un signo comunicativo. Eso vale tanto como decir que todo chiste tiene su posición, y yo diría que también todo sueño. Su encuentro fue dar al traste con la felicidad, la apertura de las puertas mentales, la forma justa de cerrar y abrir ciclos personales. Sí, un mufa… el mufa de mi vida. Por lo menos el mufa de este momento (¿y las monedas, y las caras?). Probablemente sea de mala suerte llorar frente al espejo (ahhh… y de nuevo las interpretaciones, y los engaños…). Pasa que quisiera decir todo de forma pura, sin lugar a ambigüedades. Pasa que mi silencio es disonante con las sugerencias de la realidad. Pasa que mi silencio de oro se vende por algunas monedas de plata: palabras. Pasa que del silencio de la condena del Cristo termino fungiendo de Judas, hasta llegar al fondo, hasta apretar la soga…
Y yo esa noche habría querido más, pero no me lo permití. Mi subconsciente se anticipa, siempre por alguna razón superior; trabaja para la fe divina o la rueda del destino, mi ne scias! Mi subconsciente lo llamó, como llamó a Helena en la clase del miércoles, como la llamó hoy a la salida, como llamó a la verdad con la mujer que miré ese jueves. Quizás por ello él estuvo en mi sueño y yo en el sueño de ella. En dos semanas mi mente anticipada lo trajo a mí, y trajo a Helena, como no había sucedido en tanto tiempo, desde que Europa me hace menos forastera. Y como Mufa, trajo una desgracia. Sin embargo, para mí todas las desgracias son reveladoras. Sus verdades tácitas me calaron de a poco en los huesos (era la lluvia de luna del viernes). No lo sabe, pero mi retorno al “rebotar de las palabras” se lo debo a sus sugerencias bajo la mesa. Pesó mucho el pensar en la virtualidad. Sí, me estoy reduciendo a una sustancia etérea. Ni siquiera me pueden palpar con la yema de los dedos, ni sentir, tanto en el sexo como en las realidades del lenguaje. ¿Dónde está el conocimiento?
Entre las piernas. ¿Qué hiciste el don del sexo?

Hoy hablé con Helena, como nunca en mucho tiempo. Por fortuna fue real, hasta donde el despertar de mis sueños lo permiten. Con ella comprendí que es cierto, que no soy yo quien acoge a Roma. Tengo credenciales para sentirme menos paria aquí; al menos en ese sentir de las cosas, en la posibilidad de tener casualidades en un lugar. Lo dijo ella, pero mi mente anticipada lo pensó el lunes. Ese día no me rebotaron las palabras quizás porque nadie hablaba. Y yo… yo callé a fuerza las ideas. Se suicidó la equilibrista de mi mente. Caminé incansable desde mi casa hasta Trastevere. Yo con mi manía de fantasma recogí los pasos de una noche toda llena de murmullos y de música de alas. Y entonces pensé que era de aquí, que no era más una extranjera vivencial. Claro! El país se carga, y pesa, y se lleva y se tiene consciencia de él: en lo bueno y en lo malo. Pero por primera vez tengo una casa, una segunda casa, más allá de los rincones de mi Bogotá de cenizas, de mi BAires onírico, de mi Salamanca innombrable. Es Roma la no-desaparecida. Ya tengo cosas que purgar aquí, rincones que exorcizar, calles para jugar a la Maga y Oliveira. Algo así como lugares comunes. Momento de lucidez: a la ciudad donde haz sido feliz no debieras tratar de volver. Razón tiene el maestro Sabina, y lo entiendo en sentido puro. El dolor instaura el trono para la memoria. Por eso he de vivir en una ciudad que me duela y no me deje olvidarla, y se instaure a fuerza en la cabeza y en el alma.


Las elecciones privilegian los lados de la moneda. Con una se gana, con otra se pierde. Yo siempre pierdo, no sé por qué. Sin embargo, los que están del otro lado contemplativo afirman que conmigo siempre se pierde. Y es general, lo dicen todos. No poder girar sin dejar de ver este lado. Creo que en eso se resume parte de mis aflicciones primarias: Nada me ata a nada, quiero cincuenta cosas al tiempo. Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo no sé bien qué. Definidamente lo indefinido. Pido superar las capacidades humanas: estar más allá del bien y el mal, en sentido estricto. Esto es, contemplar en un mismo presente las dos caras de la moneda. Pareciera no haber aprendido del todo que no se puede, que la vida es una balanza que suma y resta a lado y lado. Que no se puede tenerlo todo, y en mi afán Tísico me quedo con nada (nada, no la Nada). Entre tanto fluyo, y me dejo tratar de puta y sabia. No soy mala, todo es cuestión de girar la moneda.

Roma, 05 de junio de 2008




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*Algunas partes de este texto hallan relación intertextual con la película argentina que lleva el mismo nombre. Por suerte, no todo.

Un parto de palabras...

Publicado por Lizeth en 23:09

miércoles 21 de mayo de 2008


Roma, 22 de mayo de 2008
12:10 p.m.

Y me despeño hacia el fracaso inevitable de los charcos de esperanzas. Los arcos húmedos, las ruinas húmedas, las fuentes cargadas de tanto ver llover. Alma encerrada tanteando la música que se precipita. Se prohíbe correr el riesgo de deshacer la sangre y la historia sobre este lado del cielo roído. Se prohíbe, sobremanera, dejar volar lo ufano desde el cerco de las siete. Nueve son las llaves de mi alma, cinco los empalmes de la mente, once los días para la resurrección perpetua. Sesenta y dos los resquicios sueltos del corazón hecho papel. En nombre de las voces claras de la noche, conjugaría un solo nombre, si supiera. Pero a cambio del don unívoco de amar, me fue dado el reino miserable del entendimiento y la razón. Tras las columnas del ocaso, deambulo con un puñal en la mano, y una ficha en la otra. Corazón abierto hecho cenizas… habría querido asumir el mundo de otra forma, darme a la aceptación de las palabras que me sobrevienen, pero la duda me aplasta y me sumerge a los estadios de la antigua Roma, a la tierra que me cubre y me amortaja.

Abrir el vientre como muñeca rusa para buscar la muerte a saciedad. Toda la noche juego con mis manos a buscar la negación de mis estados temporales. No soporto abocarme a una condena escrita… quizás porque entendí, a modo de deuda kármica, que vale más fluir con un peso de liviandad mortal. Saneada la duda me lamento como al principio. Una misma es un lamento de contradicciones. Yo sólo prometo ser la endechadora de voces y risas de las moradas de la luna. No puedo más que sentir que alguien te llama. Puedo cerrar los ojos y entregarme a los ritmos caóticos del alma. Invento colores, palabras, formas. Sólo faltaría que inventara números y la forma justa de decir las cosas. Pero nada de eso pasa por el reino de lo inabarcable, de modo que debo contemplar mis propias (re) significaciones. Enójate con Dios o con el diablo, clama al muro de las lamentaciones tus reparos del color. Pero no podés pelear contigo ni conmigo, sobretodo conmigo: forastera silente, reparadora de tus pasos, la sombra y el sentido tras la espalda.



Creo que no puedo hacer nada, aunque quisiera hacer mucho. Sin embargo, no logro controlar patologías y estados mentales. ¿Qué quiero hacer? Hablar hasta perderme, hasta embriagarme de palabras, extinguirlas, triturarlas, abrazarlas, como si fuesen la única morada, como el recurso más humano y cercano de estar cerca a la noche, a los usos de los ojos cerrados que mis naturalezas muertas no admiten.


Roma amanece aturdida de su llanto. Húmeda, gastada, marchita. Cielo enlutado en la promesa de primavera. Roma, la tuya, de otro modo. La que yo aprendí a significar y llenar de sentido, para poder vaciar mi mente en tiempos venideros, para sellar con olvido mis instantes de desasosiego, lujuria, ausencia y llanto inacabado. La Roma cuyas calles he horadado sin puntos de salida y de retorno. Sólo con centros emergentes de música y sonidos de campana. Me han dicho hoy, “todos los caminos conducen a Roma”, y es verdad porque el mío…

Especulaciones II

Publicado por Lizeth en 11:12

Gadamer y Heidegger... La hermenéutica........ Llegó E, la miré rápidamente, (una suerte de risa interna)... pensé en que Él estaría dictando clase. Inició la conferencia, más bien la lectura del escrito de Gamma, con una referencia a la reminiscencia platónica... La relación entre olvido y recuerdo, estar en el medio entre el saber y no saber (y el saber eso)...como las olas... y desligar el olvido de un mero estado mental, psicológico, de toda consideración de brutalidad y debilidad. Luego, la segunda parte, una introducción a Gadamer. Así que recordé que había leído parte de su texto "Verdad y método"... Hermenéutica...lo recordé poco a poco... Pero todo eso fue reconstrucción, la tercera parte fue la interesante (para mí...como siempre)...sólo fue nombrar el lenguaje, esa palabra mágica autodefinidora, autorepresentativa, pero vacía, que no dice ni es el lenguaje mismo, más que un subconjunto incapaz de contenerse a sí mismo. Fue decir "El Lenguaje" y me cambió la expresión del rostro, dejé de concentrarme exclusivamente en el aura del Sr. Gamma, me senté mejor, y saqué hojas para anotar...Fue tanto lo que dijo.... que traje a mi mente la libreta de gatos que tiene tantas cosas de mi clase de Cábala (aquella clase)... de mis épocas de ideas sobre el lenguaje + Ginkgo Biloba... mezcla mortal! Desde entonces seguía pensando en el tema pero ya no como antes...había abandonado un poco mis proyectos al respecto... sin embargo hoy... volví a eso, a pensar en eso, con nuevas ideas y más sugerentes.
Notas importantes:

-La idea nueva del lenguaje como representación del mundo (la polemicé un poco mentalmente, mientras seguía alerta a la intervención del Sr. Gamma... y lo extraño en esta frase es la amalgama compleja que esto significa: por un lado, que el lenguaje es lo general, el mundo lo particular... por ende, el lenguaje no podría ser la representación del mundo, sino al contrario...el mundo sería la imágen sensible del lenguaje, es decir, las ideas (visión platónica). Pero, por otro lado, tenemos otras dificultades: a) definición de mundo (¿es el mundo lo enteramente sensible, es decir las cosas en sí?) b) Definición de idea (¿Es la idea el concepto, y en este sentido, el lenguaje? ¿O, más bien, es el lenguaje un subconjunto de la idea?) c) A partir de eso, la relación que se establece entre lenguaje, idea y mundo... y, por ende, el problema de pensar el lenguaje como representación del mundo, pero no al pensar que, en efecto, la palabra es la representación de la cosa... de ello se deriva, que hay, también, una ambigüedad en el concepto representación.

-El lenguaje es "el poder ontológico constitutivo del sentido"

-"En lo dicho resuena lo no dicho". Consideración sobre el silencio, aplicación literaria. Nueva forma de abordar mi artículo sobre la Pizarnik.

-La palabra pertenece a una totalidad. Es decir, el lenguaje es un todo en el que lo particular de la palabra define su sentido en virtud de la totalidad.

- La relación importante y sugerente para mi proceso de investigación entre hermenéutica y literatura (que incluye la relación entre Hermenéutica y Arte).

-El lenguaje no sería unos vocablos que responden a ciertas reglas gramaticales y de composición (reduccionismo lógico), ni las meras proposiciones, sino en virtud de su sentido. En otras palabras, el lenguaje definido en razón del significado, como marco finito de interpretación (que nos lleva a la infinitud (y de ahí la hermenéutica)).

-El arte, y con esto, la literatura, sería un diálogo cuya característica es la promesa de sentido que multiplica el espacio de significación.

Vino la sesión de preguntas (me dije que Alba hablaba de un modo que no se le entendía...y pensé, sobre todo por la expresión burlona de Andrés Torres mientras ella hablaba, en cómo es que el hombre le caía en primer semestre ("ramo de risas" interno)). Gamma reiteró que el olvido no es una debilidad mental y que eso indica que unas pastillas no serían la fórmula mágica para solventar el problema... en esas María y Rubén me miraron ("ramo de risas" sigiloso)... algunos comentarios sobre el Ginkgo Biloba... Posteriormente Quinche dijo que nos esperaba una "copita" de vino... María hizo un comentario sobre E...le dijo a Rubén "ahh, sí, ya la conocía"...y yo agregué, -sí, por cierta clase...y ella dijo, -sí, era como su amante...jua jua jua ("ramo de risas" mío..."ramo de risas" interno.... idea sugerente)... E como que nos miraba (o quizás siempre tengo esa apreciación en lo personal, esa paranoia...como por una herencia de cierta clase)... Bueno, vino... tinto...que es mejor... hablar un poco con Rubén y María...especulaciones sobre la salsa en la mesa... luego los pasabocas que justificaron la ubicación de la salsa...y sobre todo, nuestra discusión sobre la manzana... dijimos que todos hablaban sobre discusiones filosóficas mientras nosotros pensábamos en una manzana...así que yo le di una matiz "académico" a la cuestión (ironía)..."ramo de risas"...luego hablar del Ginkgo Biloba...de mi experiencia adictiva...muchos "ramos de risas"...hablamos, a propósito del tema, de Mónica Perea y su complot para matarme...y mi intención de matar a mi papá, también... de mi primera enfermedad -ser hipocondriaca- de mis búsquedas por internet de enfermedades y medicinas para automedicarme, y de mi negocio con María Alejandra para que ella me regalara sus antidepresivos... En esas noté que Andrés Torres miró un par de veces, y no me di cuenta a qué hora se fue todo el mundo... Tomamos, pues, el ascensor, seguimos hablando sobre el afamado y siempre bien ponderado Ginkgo Biloba (y su primo hermano Ging Sen). Rubén se quedó en la biblioteca, nos despedimos de él...y María me dijo que yo parecía Smigol... hice una imitación (como es mi costumbre)..."ramo de risas" de ella... al parecer le gustó la imitación (lo que evidencia que, en efecto, estoy equivocada de carrera y debo dedicarme a las imitaciones y al humor)... Me sugirió vender Ginkgo Biloba, pero le anuncié que tendría el problema de los vendedores que se comen la mercancía...
Pensar en qué haría luego... me puse los audífonos, tenía reggae, pero me dije que no era buena música para esas horas...el reggae es bueno para las mañanas de sol...así que puse Charly Gárcía (el viejito decrépito que pone la mano en la espalda y se piensa que es la muerte que vino a buscarnos...diría mi Sr. Hermano...mi Sr. Ex hermano...como dije hoy)... y luego para la casa...Cuando llegué, vi desde fuera las luces apagadas, así que supe que no había nadie... abrí la puerta, prendí la luz, seguí escuchando música, subí las escaleras, busqué las llaves, abrí los cuartos, prendí el compu, me conecté a Internet.

Prueba No. 1 - Objetivo: a) Apuesta con Sebastián...labor investigativa; b) Expediente, estudio de perfil conductual. Me decidí a concretar el pago de mi café con Andrés Agudelo... luego de la conversación (que no referiré en este escrito, puesto que ya estoy cansada)... tuve algunas confirmaciones a mis hipótesis sobre el caso. Igualmente, dejé unos cabos sueltos con la intención de probar su psicología y comportamiento, y luego registrar los resultados en su historia clínica.

Conclusión No. 2- Camino a casa... Retomé la frase "ella era como su amante" (de nuevo, "ramo de risas" interno), y pensé que la idea no era del todo descabellada... y me sugerí abandonar mi historial clínico sobre M por efectos de mi salud mental y psicológica.

Problema No. 1 - De nuevo la interpretación... (23:30 otra vez); los problemas de entender los comportamientos. La hermenéutica social propuesta por Clifford Gertz. Variables que alteran el proceso.

Proyecto No. 1- Retomar mis disertaciones sobre el lenguaje; leer más al respecto, volver al texto de Gadamer, enfocarme hacia la Hermenéutica.

Prueba No. 2 - Objetivo: buscar fantasmas, manos criminales. Contenido de la prueba: correo.

FIN

23:33
re-lectura
Espera de resultados

Especulaciones I

Publicado por Lizeth en 11:10

Revisando mi cuenta de correo, “esa cajita que ni siquiera es palpable al tacto”, decidí entregarme abnegadamente a la maldición y dar click en 01/03/07. Lile le escribe a Liz, o viceversa. Quizás todas se escriben al tiempo y Helénè lee.

Especulaciones
Carajo (sólo por ponerle algo de... mm... iracundo (?), enfático (?), diciente (?), jovial!)!! Cómo se tiene una vista interior en horas ausentes, inesperadas, de desconexión sideral (justamente, y así de merino!). Esa es una buena pregunta, sobre todo porque, y tal como me sucede recientemente, la tecnología entromete sus manos criminales (con guante quirúrgico) en el asunto, y ahonda en dudas espaciales (cual tema de distancia, tono y esas cosas)... Ahora bien, no he de reaccionar de modo agudo (nicómico) y enfadado ante este tipo de circunstancias; total, siempre he previsto (creo que es así...no puedo ser perfecta en estas cosas lingüísticas) estos sucesos eventuales... Creo que esta cuenta de correo, y en general, mi construcción cibernética, debería ser considerada una obra de arte en virtud de la intencionalidad comunicativa... Todo dispuesto de una forma, así tan premeditada, tan circunstancial, pero sin ser demasiado sugerente... se esperaría entonces, y sólo de personas osadas y ciertamente cronopios, el análisis hermenéutico de esta aldea, el techo de las palabras, la cajita no-palpable, esto tan de algodón, tan lleno, apretujado de cosas, y palabras, y conceptos, y estados mentales.... Pero como en lo dicho resuena lo no dicho (por ello no dejo de pensar en el silencio (Y en el debajo del nombre (La sangre de la que emergen ratas (St. P)))), pues aquí está el marco interpretativo, el cúmulo de significaciones, la promesa de sentido.

Mi intención prístina es hacer de esto un castillo sangriento (Chateu Saignant) de letras, que se tocan, que se ahogan unas con otras, juntas, atropelladas, largas, leídas, pensadas, interpretadas, filtradas, cortadas, bebidas, destrozadas, cubos en cubos (hipercubos), arquetipos, ideas, conceptos, sensibilidades, reflejos, sombras, silencios, doxa y episteme, tropos, argumentos, proposiciones, sin sentidos, contradicciones, tautologías, axiomas, leyes, teorías, postulados, hipótesis, brechas, intersticios, mixturas, imágenes, sonidos, experiencias, ESPECULACIONES.

Pero nótese ante todo, que no hay aquí ningún fin catártico (pese a que la catarsis es subconjunto de la promesa de sentido, del discurso, del lenguaje, que aleja y destruye toda relación, toda proposición, todo acercamiento, y prevalece la representación, es decir la sombra... Aunque qué más da... la sombra es lo que veo, mi percepción del mundo en imágenes difusas)...

Descartando, pues, lo catártico... nos queda (ya ni sé qué nos queda; quizás nos queda todo -por descubrir, por interpretar, por significar-, o quizás no queda nada, que viene siendo lo más impensable, así que sería lo más cercano... (Todavía me resisto a esta concepción prístina del pensamiento, de lo unívoco en él y del lenguaje) ir caminando por ahí, indagando, leyendo... Pero en el vaivén del saber y no saber...qué importa, igual me acordé, y expondré propósitos varios aquí...

Pues a manera de resumen nada resumido (suelo ser así, no se extrañe), será hacer un recuento (que en realidad es un cuento, porque no hay nada dicho, contado, que permita re-edificarlo ( o bueno, más que mi vida, que mis muertes (y mis muertos), y mis personajes (que se cuentan, pero sobre todo se callan), pero que no hacen ligazón con la originilidad del cuento (que no existe, no se crea... tan sólo me refiere a esto que es interno, que emerge desde aquí, bien adentro, de mi primera persona del singular)).
Siguiendo, entonces, con el recuento (que es una paradoja de su concepto a causa de lo ya expuesto), procedo a dar inicio a mi relato (porque la punta del inicio siempre está en la mitad...si se busca una se pierde, y jamás llega a nada...porque el centro es el espacio más inabarcable).........................

Miércoles 28 de febrero, 21:29 (el problema de lo anacrónico...de la fuga de las palabras con un tiempo que se escapa y se desliza sobre ellas como el agua por la superficie de las hojas).

21:30 (Espacio casual (?), causal (?), mixtura (?), y dígame...) (Definitivamente este tipo de sucesos (circunstancias) también me doblegan, me confunden).

El olvido, según escuché hoy, no es una debilidad mental (eso desvanece el efecto salvador del Ginkgo Biloba, y fortalece mis procesos de adicción). Ahora viene la presentación: de una verdad no dicha (problema del texto, del lenguaje), o de la edición de lo evidente (la punta del iceberg), sigue una elección profunda (y mejor no discuto si autónoma) sobre lo inmediato a suceder... sobre mí, sobre estas líneas (y ahora pienso que escribir horizontal y lineal tiene algunas implicaciones culturales y una connotación lingüística inconsciente y sugerente). Pasa que sonó el celular, y entre el sueño y esta otra esfera de la imaginación, pensé en recordar la hora dispuesta para el sonido... en ese instante la recordé...pero ahora ya la olvidé... y en un intento por traerla aquí, en virtud de la precisión y los objetivos del relato, pues más se me escapa, creo que 6:50. Supe así que era temprano, pero con el cuerpo alivianado, descansado, como liberado de toda carga operacionalmente imperativa... (Como si no fuera miércoles, sino como los jueves), entonces pensé que es extraño (aunque bueno (digamos), y sospechoso (preocupante)) que un miércoles tuviera el cuerpo alivianado, y el jueves albergara esa nueva oportunidad... Sin embargo, esa constante en mí, esa inconsciencia matutina (y vespertina... y general), y esa vana costumbre de entretenerme con los sueños, como la continuidad de los parques, así no me acuerde de lo fáctico, de lo que sucede y es en ese espacio... La cosa es que siempre me quedo ahí, y hoy, pues también... Y apagando, y apagando el celu... se dio un momento de desconexión (no sideral)...la irrupción de mi papá advirtiendo que debía entrar a las 9...pero con ese olfato, la intuición que me rodea...me supuse que era tarde (9:30... nada raro). Me dije que ya no iría a Cuantitativo, así que seguí plácidamente alivianada...



Se vino la comunicación de la Defensoría del Pueblo respecto al caso de mi hermano. Se sugiere la necesidad imperante de solicitar se nos asigne un abogado de oficio para que asuma la cuestión... en virtud, además, de nuestro reconocimiento por parte de la Defensoría como víctimas indirectas... Y como si me devolviera casi un año (ya casi un año...así, de desolación), me acordé de mis trámites, de las visitas a medicina legal, de las especulaciones que había dejado hace ya un tiempo...por tranquilidad, pero más que por eso, por falta de iniciativa, por falta de respuestas, porque siempre me pesa continuar los proyectos, por cobardía, y por aceptación de ciertas cláusulas tácitas en el asunto... (Cuando pienso en la cobardía me duele un poco y me avergüenza sobremanera, pero sobre todo me hace énfasis en la estupidez...). Craneé, y medí como un rompecabezas lo que seguía... pero no fue difícil, porque de momento en estos días me había dado por volver, por leer, y seguir de nuevo lo dicho al respecto... Sin embargo, ya no pensé en profundidad las hipótesis: ¿lo mataron? ¿Un accidente? ¿Una bomba? Y de nuevo la reconstrucción de ese día, con la imaginación, con la intuición, con el sentido, con la premonición (esto último es lo que más me confunde sobre ciertas cosas de la vida)... Ya no importaba más verdad que saber qué pasó, qué pensó... si estuve ahí en cierta manera, en cierto sentido....
Luego, y cavilando sobre cosas más prácticas y de hecho, volví a la "pieza clave" de la investigación...el famoso ecuatoriano... y recordé una vieja hipótesis, idea al respecto...pero que de lo olvidada, pues ya ni le prestaba atención. Mueren los del segundo piso, muere la señora del cuarto piso, ¿y a él no le pasa nada? Ahora viene la información de los tres hombres del DAS que vivían en el edificio, y la reminiscencia de lo dicho por A.... -"El dueño del edificio era del DAS". Una cuestión por este lado: el ecuatoriano no estaba ahí...midió salvarse... significa que tiene algo que ver en el evento... y ahora hay más ideas en mi cabeza, y el peso de no haber ido, de ya no poder hablar con el profesor de física, de haber dejado pasar la oportunidad (de nuevo por la cobardía... como si ya no importara el asunto, porque ya no importa, porque estoy sola en la casa, a orillas del lago, sin sombra, ni columpio, ni cristal con sangre).
El lío jurídico, la idea de lo inconcluso, de lo que aún sigue ahí, que se mueve, que anda, que está presente...que no ha pasado, para mí... aunque me ría, y los demás se confíen del engaño, y procuren evitar su mención. Por eso hoy Sebastián me dijo que le parecía terrible que esto renaciera, que volviera de nuevo a esa fase de intromisión investigativa... Pero a mi no me da nada...de hecho preferiría la intromisión, sólo por sentirme en peligro, por sentirme perseguida, por sentir que la cuestión sigue ahí, que pasa algo...y no este silencio...esto que retumba entre lo dicho.... Por vencer la cobardía, por morir de algún modo...y en suma, porque siempre ha estado ahí, porque no puedo evitar ver esa imagen, pensar en eso y asombrarme...y llorar de vez en cuando, y sentir la tentación de gritar, hablar, y sollozar por la calle, mientras camino lento, con música, mirando al piso, hacia mi sombra.... pidiendo a un hombre que deja el sueño en la mano izquierda, que deseo morirme... Esta condena...esta maldita condena....

Pensé además, que por eso no podría haber ido a mi cita con María Isabel... creí que de ella eran las llamadas perdidas...pero igual, ante la eventualidad mental, no había problema...como siempre, amparada por el afán de las circunstancias, me tomé mi tiempo... subí el autobús, llegué a la universidad... eran como las 12:30... Llamé a Natalia, y quedamos de vernos en CASUR... llegué a CASUR, una vista rápida a las fotos de los Masai, pensar en posibilidades de encuentros agradables y desagradables...y el descarte de uno de ellos por cuestiones de planeación y circunstancias... Me vi con Natalia, le hablé de la comunicación de la Defensoría...luego la maleta amarilla, y supe que Sebastián estaba ahí. Saludó primero a Natalia, y me pareció extraño (quizás una actitud sugerente (promesa de sentido) frente a mí... como un cierto disgusto...de esos fugaces que tenemos). Ahora sí me saludó a mí...y nos fuimos a almorzar. Primero acompañar a Natalia al locker mientras hablábamos un poco de nuestros temas de siempre, pero con un poco de reserva, con una actitud nueva, quizás por mis comentarios sobre el caso de mi hermano...
Vamos pasando por Oma, y veo en una mesa a un sujeto conocido, desde luego, sin certeza...con la duda de mi percepción difusa del mundo (quizás eso tenga implicaciones en mi forma de ser (eso de forma de ser es un uso del lenguaje curioso...interesante, con implicaciones como las de la escritura horizontal y lineal)... pues después de mirar y no mirar al sujeto, el hombre mueve la mano en sinónimo de saludo, y entonces concluyo que en efecto es Andrés Agudelo. Me detengo y digo "para que después no diga que no lo saludo"… Risas ("ramo de risas")... sigo, y Natalia pregunta -¿Quién? Y yo le digo: -Andrés Agudelo... que se pone bravo porque no lo saludo.... Continuamos, y Sebastián hace comentario sobre el almuerzo....-Dove andiamo a mangiare, pregunto. Y capto, de repente, las banderas que están colgadas en el claustro. Indago por el motivo, ellos no saben... comentario sobre Camilo, risas ("ramo de risas")... salimos.... Almuerzo... Hamburguesa, decidimos...risas ("ramo de risas") por el camino... Sebastián casi se cae, chiste al respecto de mi autoría, risas ("ramo de risas").
Restaurante... está lleno, hablamos de "Freacks"... seguimos... pedir las hamburguesas, luego un poco de enojo con el mesero...y las niñas que llegan para ubicarse en la mesa de atrás... Escucharlas, y ramo de risas durante todo el almuerzo. Pagamos, y Natalia nos pide que la acompañemos a la Olímpica a comprar el postre...más risas ("ramo de risas"). La acompañamos, ella compra Maní...y reiteré que me desagrada el maní, al igual que me desagrada Camilo (quien comparte ese fatídico gusto con "Natty").
Salimos de la Olímpica con la intención de comprar chocolatinas... fuimos a la Jimenez, pero Sebastián dijo “Ayy...no, pues vamos a Colombina”. Proposición aceptada...vamos a Colombina, compramos Hershey's y mi cara de susto cuando nos encontramos una de las señoras de seguridad de la universidad. Salimos, un hombre joven nos pide limosna... un poco de dolor, un poco de sensatez...no hago nada...pero lo miro, como siempre me gusta mirar a quien lo hace... Natalia dice: -Tan joven, y pidiendo limosna...debería trabajar...entonces pensé que tenía razón, quizás.....
Entramos a la universidad por la puerta pequeña (cosa que no quería, por cuestión de estrategia). Fuimos al locker, y luego por el café...en Oma...dos americanos, $1200 cada uno. Para entonces Oma estaba un poco solo... Sin embargo estaba Guajira (que fuma como una chimenea...) y nos burlamos un poco de ella...risas ("ramo de risas"). Vamos a clase...entramos al ascensor...y cuando llega al cuarto piso, Natalia va a salir y casi la tritura...sentí un poco de nervios... pero bueno... no pasó nada...llegamos, puerta del salón cerrada...dijimos, ya entraron. Pensé que no tendríamos puestos (nuestros puestos), y medí mis movimientos.......... HALE, conciencia del letrero, movimiento posterior...lo hice bien! En el salón sólo está la profesora... Dije Buenas Tardes... coro repitió, ella contestó...y agregó: les iba a decir señoritas pero veo entrar al muchacho (Sebastián), y no puedo ya hacer esa generalización. Entonces reproché: -¿Por qué se debe hacer generalización masculina? Ella dijo -Es cierto...tendríamos que plantearle eso a la Real Academia.... Así que yo respondí -Ver mi trabajo de memoria... .... en realidad yo lo he planteado, aunque no he llegado hasta esas instancias. Y dudo llegar a una reforma del DRAE...hablamos un poco al respecto, luego llegó Luisa. Saludos, y cambio de tema... El control y la exposición de Luisa para Historia de Colombia S. XX, 50% de la nota final, y todo en un día! Entonces la profesora hizo comentarios al respecto, yo agregué en tono burlón algo sobre "las variables que nos permitan cuantificar".... Ahhh, a propósito de nuestra clasificación de las fotocopias, y con motivo de un comentario de Natalia sobre su lectura de Ética y Opinión Pública...
La clase...Problemas Colombianos... 16:10, inicia con quiz...estaba fácil...... "Explique qué es la paz positiva"...resolución rápida, ayudar a Sebastián, y soplarle a Natalia en francés.... Comentarios sobre la francesa y sus "amistades"....
Clase, labor etnográfica. P que no paraba de mirar a Sebastián, mantener con él nuestra charla en clave, con Natalia en español, y seguir observando el salón. Sebastián dijo que D se había quedado mirándome por largo rato...y yo dije: -pobre estúpido... recordé su intento de soborno...y confirmé mi idea sobre su estupidez.
Participar en la clase... (Pensar que la profe me cae bien, que es divertida, que tiene una polea imaginaria, y escucharla hablar es toda una historia, camarada...) (más ramo de risas).

Fin de la clase...anuncio de reunión, despedirnos, pensar de manera iracunda en "ita"...y lamentar el destino de la francesa... Sebastián con mareos, esperar a que se recuperara....
Salimos del salón, y recordé que hoy era la lección inaugural de filosofía, pero que no sabía el salón; así que tenía propuesto pasar por la Escuela. Empezó a hacer frío, me puse el saco, y Natalia dijo que entraría a la biblioteca...antes de eso, miramos hacia las escaleras de la Torre 1 y estaba María Isabel...le expliqué que no pude llegar a las 11, y le dí la revista. Hablamos un poco de las pautas y de la lección inaugural de Filosofía. Me comentó que estaba esperando a Rubén, y mientras tanto seguimos hablando.... Sebastián se fue por un momento, y Natalia entró a la biblioteca...claro que nos dejó la maleta. Luego, nuestra conversación se vio interrumpida... -psss, psss, psss...mi forma de llamar, dijo María Isabel...y veo la figura de negro...oootraa vez Andrés Agudelo...saludo allí y allá... -Qué más... nosotras -Bien.... entre cosa y cosa (que ya ni me acuerdo bien)... hice énfasis en la displicencia de Andrés, María le comentó unas cuestiones que desconozco... y como estaban los de Santa Fé en manifestación (por lo del cumpleaños del equipito del alma (como diría Quinche...("ramo de risas)))... Andrés preguntó irónicamente si pensábamos unirnos a la manifestación...yo dije...no, vamos a algo más académico (con énfasis e ironía)... y las dos... a la Lección Inaugural de Filosofía... María dijo -¿por qué no vas, y vuelves a la Escuela a hacer doble programa, pero ahora con Filosofía? Yo agregué -Sí, mire que es más académico, y ya no está Shumacher...comentarios sobre eso...y la respuesta de Andrés...noooo (nada raro)... Despedida... de María, de mí casi no (y luego se queja)...yo dije...pero despídase!... Y así, con debido orden y en una de mis carpeticas mentales, puse esos datos en el caso "Andrés Agudelo"... diagnóstico momentáneo: mis ideas no son erradas...el hombre no está loco, es algo raro, pero no raro raro...sino raro en conducta...falta saber si lo hace de aposta conmigo para dañarme la investigación, o por naturaleza. El caso es que tiene unos cambios conductuales sospechosos, extraños, y por ende, mi hipótesis es adecuada: no hay posibilidades, por ahora, de construir una idea fiable sobre ese sujeto. Me había despedido antes de Sebastián que estaba un poco enfermo....
Tomamos el Ascensor con Isa, y nos encontramos con Angélica. Marcar el 8....-Vamos para la misma parte, dijo Angélica...así es...dijimos nosotras... llegamos al octavo piso, estaba Beira -muy bonita la noté- hablamos un poco con ella...críticas a la manifestación del "equipito lindo"... Llegó Quinche, entramos al salón...luego llegó Rubén...y vamos de nuevo... a hablar de mi hermano... como reminiscencia platónica, la constate R de mi vida... de ahora... María dijo que debía entrar a la página de las Farc, y agregó que Alejandra Bonilla le había dicho que no lo hiciera desde su casa, que era peligroso...yo en efecto confirmé la idea debido a mi experiencia personal (con el agravante de mi hermano)...y entonces fue tratar de contextualizar la cosa sin entrar en detalles (no porque no quisiera...sino por parecer prudente (digamos)). Hablamos de páginas...de las Farc, las AUC (como link en la página de la presidencia ("ramo de risas"), del periódico Voz, Juco, Moir... (ja ja...mero acto de provocación todo esto....). Cuando les estaba contando un poco sobre el asunto, Quinche inició....habló de la reacreditación de Filosofía...luego llegó el Sr. Gamma, el de la conferencia... Ingresó el decano (Francisco), Andrés Torres... e inició... Volvemos, así, al inicio....... tal cual como en un círculo...por eso el inicio en el centro, por eso lo inconmensurable del centro...

Involuciones

Publicado por Lizeth en 16:37

domingo 11 de mayo de 2008

Roma, 12 de mayo de 2008.
2:14 a.m.

Ni siquiera el tiempo y la distancia han logrado modelar mi propia miseria interior. Haber muerto para volver más allá de la sombra y del frío en los huesos no parece impulso suficiente. No queda más que el espacio vacío de mi alma: el miedo. Un miedo por la vida y sus avatares. Miedo de mí y de mis fuerzas vitales. Miedo de perder la razón pero, sobre todo, de perder la calma. No aprendí a hacer de las palabras algo diverso a castillos de naipes que (re)construyo en contra de las reglas naturales. Estoy sola… no, alguien se aferra a la idea que genero, a esta cabeza maltrecha y la presencia fatua que de mí se desprende.
De las edades que el cielo te ha otorgado labraste de la tierra tu talismán. Abandonada, como he sido, te aferraste a mi idea sola. Protegiste mis huesos de los quebrantos filosos de la noche y sé que, si pudieras, pondrías a mis pies todos los mundos posibles; el pozo donde liberar el dolor que en mí se bebe, como quien se deja escapar en el último respiro. Colmas mis ansias de felicidades momentáneas, y ahora no puedo partir de angustia y devoción a tu nombre. ¡Ay papá, si yo pudiera vivir! Parece sacrificio demasiado vano.
En mi pugna de intensiones sólo hay miedo y ausencia. ¿Me dejarías ir? ¿Me entregaría abnegadamente a la vida, presencia por silencio? Parece que la valentía no es cualidad de dos, así como los afectos. Alejada de la cara del mundo que me expulsó de su boca, desterrada como paria, fui condenada a la persecución de las palabras. Pronto no podré definirme, pues me he abandonado a fuerza de todo recuerdo. Sin embargo, no en todos los puntos cardinales habita el olvido. La persistencia de la memoria es vulgar pasatiempo individual.
Tendré que poner a prueba mis dualidades al borde del desespero. Y el miedo… como resquicio del alma. Duele ahí, duele ese espacio vacío. Equivale al sueño del pasado en el que una mano entraba y robaba el corazón. Desposeída, entonces, de toda vida, decidí volver. Desperté del sueño muerto de quién me vomitó al mundo. Volví para matar el tiempo y la gente, pero quisiera tan sólo matar el miedo, y mi nombre escrito en cada una de sus letras. No sé en qué momento perdí el control de este cauce, de estas aguas, o qué me hizo pensar que me perteneció. Me arrojé al río para fluir, pero cada decisión me pesa hasta la sombra. Todo ha de ser así hasta el fin de los días, el despunte del alba.
He dado firme pasos en la oscuridad. Me abandoné al mundo de imágenes difusas que percibo a tientas, y es terror hasta el tedio que recorre mis días. No sé nada de mis noches y mis días, y ni un ápice de cordura los recorre. He vuelto de un vagar reflexivo y silencioso para colmar de palabras mi existencia; saturarla de ellas hasta que ahoguen. Inicié con las manos en mi cuello, apretando fuerte, cada noche. Disfrazo mis intenciones e impulsos más pueriles con felicidades ajenas, risas rutilantes. Muchos han de morir en esta nueva temporada, aunque sea corta… aunque haya vuelto para desenvainar el cuchillo por la espalda y dar fin al último lazo humano que me mantiene aquí.
Nada es llevable ni en éste, ni en cualquier otro lugar del mundo. Milenaria Roma que me embriagas de tiempo, que pesas de cansancio, de gastar los días de aquella historia que otrora te hiciera grande. Roma vacía en mi cabeza y en mis sensibilidades. Roma: la casa de los sueños de mi muerte, en un día de sol, de cara al pavimento.

Lile